
Ilustración AI Gemini
Hubiese sido una observación trivial si no fuese porque se repitió con cierta frecuencia.
Allí estaba un buen grupo, hombro a hombro, codo a codo, literalmente y nadie se decidía a iniciar una conversación.
Fue ella la que comenzó a cuestionarse todo.
“¿Por qué están tan serios?”
“¿Por qué tantos negros, grises, azul marinos?”
“¿Cómo llegarles? ¿Cómo comunicarme con mis acompañantes si no me muestran ni una clave?”
Eran los pensamientos de mi chaqueta amarilla.
Se destacaba, allí, chillona, en el perchero de una conferencia a la cual asistí. Difícilmente se perdería entre la sobriedad de los abrigos oscuros que la rodeaban.
No hubiese pasado de allí si no fuese porque ese mismo monólogo se generó en el closet de la peluquería. Esta vez la desencajada fue mi chaqueta de invierno anaranjada.
Como siempre, las situaciones insignificantes, me hacen reflexionar.
Esta vez sobre el color.
No solo acerca de sus propiedades físicas, como aquello de primarios o secundarios, sino más bien su capacidad de crear emociones y establecer vínculos energéticos.
Azules y verdes: calma.
Rojos y amarillos: energía vibrante.
Negro: miedo y aprehensión.
Entiendo muy bien la desconexión de mi tropical chaqueta, pues probablemente sea similar a la mía en ciertas situaciones.
Pero el color es mucho más.
En el arte, en la literatura y hasta en la antropología, los pigmentos cuentan historias de coraje y de heroísmo (dorados); de amor y belleza (verdes claros); de paz y tranquilidad espiritual (celestes y blancos).
En fin, aquel día llegué a casa y cuando abrí el closet para guardar mi muy anaranjada chaqueta, me quedé un rato observando la conversación silenciosa de mi paleta de invierno.
Mis mullidos verdes, rojos y amarillos contando historias.
Quizá una no muy interesante, pero al menos colorida: la mía.
Cerré el closet pensando que bueno, al menos si un día me pierdo en la nieve, me encontrarán rapidito.