Gente que Cuenta

Piratas con permiso,
por Luli Delgado

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La reina Isabel I nombra caballero a Francis Drake en su barco “Golden Hind” después de su viaje alrededor del mundo, c. 1920
Fuente: https://www.art.com/

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        Los corsarios eran, básicamente, piratas con los papeles en regla. Con la venia de sus majestades —a través de la llamada patente de corso— y a cambio de compartir parte del botín, hicieron de las suyas entre los siglos XV y XIX. Su misión era capturar barcos enemigos, saquearlos y, si hacía falta, hundirlos. De ahí tantas leyendas de tesoros fabulosos en el fondo del mar. Todo perfectamente “legal”.

Patente de corso Atril press
Este documento isabelino, procedente de las colecciones históricas de la ciudad, data de 1587. Se trata de una Carta Patente Real (o patente de corso) otorgada a Sir Francis Drake, en la que se le confiaba el mando de la flota que estaba a punto de zarpar «por el honor y la seguridad de nuestros Reinos y Dominios».data de 1587. Se le confiaba el mando de la flota que estaba a punto de zarpar «por el honor y la seguridad de nuestros Reinos y Dominios». Fuente: https://plymhistoryfest.wordpress.com/

Si cometían excesos, no sufrían mayores consecuencias: estaban amparados por una corona. Y la corona, a su vez, se lavaba las manos alegando no tener responsabilidad sobre los actos de aquellos entusiastas del saqueo. Un acuerdo práctico: unos ponían la firma, otros los cañones.

Ambos ganaban. Las coronas mantenían al enemigo a raya sin invertir en flotas propias, y los corsarios se llevaban fama, fortuna y, en algunos casos, estatus de héroes nacionales.

Entre los más célebres estuvieron Walter Raleigh, Henry Morgan y Francis Drake, al servicio de Isabel I de Inglaterra, así como el otomano Barbarroja. La figura del corsario fue abolida oficialmente en 1856 con el Tratado de París, cuando la revolución industrial y el surgimiento de las marinas de guerra modernas volvieron              obsoleta aquella práctica tan  —diríamos— creativa.

A lo que voy con los corsarios es el mecanismo que los hizo posibles: una autoridad que otorgaba una patente para hacer lo que, sin esa firma, sería simple piratería. La historia cambia de escenario, pero lo que no parecería cambiar es la fascinación por convertir en legítimo aquello que recibe un sello.

Y si no, fíjense por ejemplo en las fulanas apostillas, que tanto nos atormentan a todos los que nos vamos a vivir a otro país. Y eso que no somos piratas…

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Luli Delgado es periodista venezolana, Master en Artes de Cine y Video – por The American University, Washington, DC. Fue Directora Ejecutiva de la Fundación Andrés Mata de El Universal de Caracas, y Gerente del Centro de Documentación de TV Cultura de São Paulo. Es autora de varios libros y crónicas. delgado.luli@gmail.com

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