
Retrato de muchacha joven, 1915
Fuente: https://www.wikiart.org/
“Si conoces al enemigo y te conoces a ti mismo, no necesitas temer el resultado de cien batallas” — Sun Tzu, El arte de la guerra.
Alrededor de las seis de la tarde, salí del trabajo en dirección al Metro. Aún no era mi regreso a casa, iba camino a la universidad, estación Paraíso. En esta época del año, la noche tarda en llegar, por eso todavía estaba claro. En la misma acera por la que caminaba, venía una mujer (que creo que era la madre) y un niño, de unos siete años tal vez. Él tenía una mirada cansada, poco común en los niños, que suelen ser inquietos a cualquier hora del día. Llevaba una mascarilla, como las que nos acostumbramos a usar durante la pandemia, y pude notar que no tenía ningún vello en el rostro, ni un solo cabello.
Yo estaba cansada; todo lo que quería hacer era ir a casa, pero necesitaba asistir a clase. A la universidad que elegí, al curso que decidí estudiar. Estaba saliendo del trabajo al que quería entrar, en el área en la que decidí estar.
Pero, ¿qué tiene que ver el primer párrafo con el segundo? El privilegio que tengo de elegir. Yo ya “conocía a los enemigos y a mí misma”. Sabía cada una de las batallas que iba a enfrentar. Nunca había pensado en cuánta suerte tengo de que cada uno de mis “problemas” haya sido elegido por mí… hasta cruzarme con ese niño.
Él no sabía lo que estaba por venir, no eligió la batalla; solo puede enfrentarla.
Tal vez tú, lector, tampoco hayas elegido algunas de tus batallas. Tal vez te hayan tomado por sorpresa. Pero, si puedes elegir por qué luchar, eres inmensamente afortunado.
Según El arte de la guerra, conocer al enemigo y conocerse a uno mismo es no temer la batalla. Poder elegirla, ni se diga…

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