Decían que aquel hombre estaba cruzado; que ninguna brujería ni maleficio podía hacerle daño. Unos aseguraban que tenía un pacto con un muerto; otros, más exagerados, afirmaban que una bruja lo protegía. Su padre, entre bromas y temores, solía llamarlo Fausto.Un bote de madera, de los que abundaban en aquella costa de pescadores, entró lentamente en la bahía conocida por la profundidad de sus aguas y la estrechez de su playa.La pequeña embarcación avanzaba sobre un mar sereno que contrastaba con los pensamientos cargados de incertidumbre del ho...