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Estas son horas en las que ni me aprendí las valencias en química ni las declinaciones en latín y nunca he terminado de entender cómo fue que hice para pasar ambas materias y graduarme de bachiller, tomando en cuenta que además en el pensum había matemáticas y física. Inexplicable, pero por ahí andan el diploma y la foto, a disposición para los que tengan dudas.
En fin. Esta pregunta sin respuesta se me olvida por meses, hasta que me da por soñar que tengo examen de química y que voy en claro. No diría que es una pesadilla recurrente, pero en más de una oportunidad la he tenido y, como en toda pesadilla, la mejor parte es cuando uno se despierta y poco a poco entra en la conciencia de que no, no hay examen, que no, no hace falta aprenderse las valencias y por fin de que a los sueños les encantan los disparates.
El caso es que fueron años terribles, porque era como una zancadilla atrás de la otra y te podías salvar de una, pero no de todas. “Nos vemos en septiembre” era poco más o menos el coco. A los que no saben, septiembre era el mes de las reparaciones, es decir, el segundo chance, y, si no lograbas pasar la materia caías en las fauces del mismísimo infierno, situación que afortunadamente nunca llegó a pasar y que en mis sueños tampoco se ha planteado. Lo siento como una gran alivio existencial.
Al contarles esto aprovecho para incluir una frase del muro de Facebook de mi amigo y colega Victorino Muñoz, de la que me río cada vez que me acuerdo. “voy a esperar que hagan la película del álgebra de Baldor a ver si dicen que el libro es mejor…”
Yo la verdad no iría a verla ni a palos, como tampoco volvería a estudiar bachillerato…