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En aquellos días luminosos de mi juventud, cuando por primera vez comencé a volar, comprar un pasaje significaba algo simple y completo: adquirir el derecho a viajar. No había letra pequeña ni sorpresas de último momento. En ese boleto venía todo incluido, como si el viaje fuese una promesa íntegra: el asiento —no cualquiera, sino uno asignado con dignidad—, el equipaje de mano, la maleta en cabina y la de bodega. Y durante el vuelo, como un gesto casi ceremonial, nos ofrecían bocadillos, café, refrescos, algún licor y, por supuesto, agua, sin que nadie tuviera que sacar la billetera a mitad del cielo.
Tampoco existía esa ansiedad moderna de imprimir documentos o mostrar códigos en pantallas. El pasaje era un objeto tangible, casi entrañable: un cuadernillo de hojas coloridas que se iban desprendiendo a medida que uno avanzaba en su itinerario. Cada tramo era una página menos, un destino más cumplido. Y la carátula —esa portada firme— quedaba como prueba y trofeo de haber viajado. Recuerdo aún a un compañero de estudios que durante días llevaba su boleto en el bolsillo de la camisa, dejándolo asomar con orgullo, como quien exhibe una medalla recién ganada.
Hoy, en cambio, comprar un pasaje es entrar en una especie de ilusión fragmentada. Uno cree que está adquiriendo un viaje, pero en realidad apenas obtiene el derecho básico a abordar el avión. Todo lo demás —el asiento, el equipaje, incluso a veces el simple acto de elegir dónde sentarse— se descompone en una lista de cargos adicionales. Lo que antes era natural ahora es opcional, y lo opcional, inevitable.
Así opera la lógica del llamado “low cost”: una promesa de ahorro que, al desmenuzarse, revela su verdadera naturaleza. El precio inicial seduce, pero pronto uno descubre que cada detalle tiene un costo, como si viajar hubiera dejado de ser una experiencia integral para convertirse en un rompecabezas tarifado. Incluso aquello que antes simbolizaba el viaje —el boleto mismo— ha perdido su materialidad y, paradójicamente, hasta su impresión puede tener un precio.
Y sin embargo, más allá de la nostalgia, lo que realmente se ha ido no son solo los servicios incluidos, sino cierta manera de entender el viaje: como un acto completo, cuidado y casi ritual. Hoy volamos más, sí, pero tal vez viajamos menos.