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Getulio Bastardo

Química del pensamiento,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 255c

Química del pensamiento,
por Getulio Bastardo

¿Alguna vez se han preguntado cómo logra el cerebro cumplir con todas sus funciones? Algunas parecen elementales, como el reflejo rotuliano: ese movimiento involuntario en el que el médico, con un pequeño martillo de goma, da un golpecito en la rodilla y nos hace levantar la pierna. En este proceso interviene un arco reflejo simple, donde la señal viaja de una neurona sensorial a una neurona motora. Sin embargo, la complejidad aumenta cuando entramos en el terreno de las emociones. Cuando un hecho triste asalta la memoria, el rostro se ensombrece, el corazón se acongoja y puede brotar una lágrima. Por el contrario, un recuerdo alegre nos ilumina con una sonrisa espontánea. En estos casos, ya no hablamos de un circuito simple, sino de redes de miles de neuronas interconectadas y estru...
¿Impulsividad o inconsciente?,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 254b

¿Impulsividad o inconsciente?,
por Getulio Bastardo

¿Por qué nos enfermamos? El choque entre nuestra biología y la sociedad Desde la perspectiva del psicoanálisis, la vida humana es un tira y afloja constante. Por un lado, tenemos al Ello, ese "motor" interno cargado de deseos primitivos que solo busca el placer inmediato. Por otro, está el Superyo, que es básicamente la voz de la cultura, las normas y los "deberías" que la sociedad nos impone. En medio de este fuego cruzado queda el Yo, que intenta ser el mediador. El problema es que, para encajar en la sociedad y cumplir con las normas, el Yo suele terminar sacrificando nuestros deseos más auténticos. Esta represión constante nos deja agotados, angustiados y, en última instancia, abre la puerta a la neurosis: terminamos enfermando nuestra mente para poder convivir con los demás. ...
Cerebro triuno,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 253b

Cerebro triuno,
por Getulio Bastardo

En la escuela nos enseñaron que el ser humano tenía cabeza, cuerpo y extremidades, en el liceo añadieron que el cerebro tenía dos hemisferios y que cada uno de ellos tenía varios lóbulos, luego en los años 60 el neurocientífico Paul MacLean  sugiere que el cerebro humano no es una estructura única, sino un conjunto de tres sistemas que evolucionaron en etapas distintas. La propuesta de Paul MacLean sobre el “cerebro triuno” ha sido muy influyente para comprender, de forma didáctica, cómo reaccionamos ante el mundo. Aunque hoy la neurociencia considera que el cerebro funciona como una red integrada más compleja que tres sistemas separados, este modelo sigue siendo útil como metáfora clínica y educativa. El llamado cerebro reptiliano representa nuestras respuestas más automáticas. Ante...
Bajo costo,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 250c

Bajo costo,
por Getulio Bastardo

En aquellos días luminosos de mi juventud, cuando por primera vez comencé a volar, comprar un pasaje significaba algo simple y completo: adquirir el derecho a viajar. No había letra pequeña ni sorpresas de último momento. En ese boleto venía todo incluido, como si el viaje fuese una promesa íntegra: el asiento —no cualquiera, sino uno asignado con dignidad—, el equipaje de mano, la maleta en cabina y la de bodega. Y durante el vuelo, como un gesto casi ceremonial, nos ofrecían bocadillos, café, refrescos, algún licor y, por supuesto, agua, sin que nadie tuviera que sacar la billetera a mitad del cielo. Tampoco existía esa ansiedad moderna de imprimir documentos o mostrar códigos en pantallas. El pasaje era un objeto tangible, casi entrañable: un cuadernillo de hojas coloridas que se iba...
Béisbol, por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 249b

Béisbol, por Getulio Bastardo

No me hice fanático del béisbol en la juventud, ni siquiera en la adolescencia. Mi vínculo con ese juego nació mucho antes, en la niñez, cuando comencé a seguir a los Leones del Caracas. Los juegos los escuchábamos por la radio; la televisión aún no se había inventado o, al menos, no había llegado a popularizarse entre nosotros. Tenía doce años cuando ocurrió algo que quedó grabado para siempre en mi memoria: el primer juego sin hits ni carreras en la historia de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional. Lo lanzó el zurdo estadounidense Lenny Yochim, de los Leones del Caracas, el 8 de diciembre de 1955, frente al Magallanes. “En el estadio Olímpico de la Ciudad Universitaria”, repetían los locutores con solemnidad. El marcador final fue 3-0. Nunca lo olvidé. La segunda gran alegr...
Espejos,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 239c

Espejos,
por Getulio Bastardo

He decidido no cortarme más el pelo. Es una determinación que venía rondando mi cabeza desde hace muchos años, desde mucho antes de salir de Venezuela, cuando aún no sabía que el exilio también podía instalarse en el cuerpo. No es una decisión estética ni un gesto de rebeldía tardía. Tampoco tiene que ver con la vanidad de quien intenta disimular la calvicie dejando crecer unas pocas mechas para engañar al cuero cabelludo desnudo. Nada de eso.La razón es más simple y, al mismo tiempo, más honda. Tiene que ver con un principio filosófico tan antiguo como incómodo: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y eso es, precisamente, lo que observo a diario. Personas —muchas— con la realidad plantada frente a los ojos que, aun así, prefieren girar la cabeza, mirar hacia otro lado o, en el colm...
Redes sociales,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 238c

Redes sociales,
por Getulio Bastardo

Antes de la era de Internet y de las redes sociales, las opiniones tenían un territorio acotado: la plaza, la esquina, la mesa gastada de un bar. Allí se reunían los contertulios a ensayar sus verdades, a veces con vehemencia, a veces con furia, pero siempre dentro de un círculo limitado. Las discusiones podían ser ásperas, incluso violentas en palabras, pero morían allí, en ese espacio donde aún era posible reconocer el rostro del otro. Hoy, en cambio, la palabra se ha vuelto errante y desbordada. Las discusiones ya no pertenecen a nadie y, sin embargo, hieren a todos. Se libran en plazas invisibles y entre desconocidos que se atacan como si se conocieran de toda la vida. La polémica se vuelve personal sin historia compartida, y la opinión —despojada de contexto— se transforma en juici...
Rojita,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 237b

Rojita,
por Getulio Bastardo

El aire estaba impregnado de trabajo: los olores se mezclaban con los ruidos. Cada hombre en su faena; las chanzas se confundían con las órdenes, y los gritos de advertencia con las carcajadas. El campo estaba vivo. Veinte hombres trabajando en el trapiche lo confirmaban y, al final del día, podían verse los frutos del esfuerzo: los conos de azúcar morena descansaban sobre toscos tinglados de madera, alineados tal cuerpos en reposo. Uno de esos hombres era “Rojita”, moreno como los demás, alegre, dueño de una risa fácil y de una voz que por las noches se volvía relato. Después de la cena, cuando el cansancio aflojaba la lengua, contaba historias. Cada noche surgía una distinta, y todas encontraban oyentes. Con el tiempo, Rojita terminó siendo una de esas historias como parte del lugar, ...
Soledad,<br/> por Getulio Bastardo
235d, Getulio Bastardo

Soledad,
por Getulio Bastardo

Se sentaba en el único banco de esa pequeña y solitaria plazoleta donde habían ubicado un busto de un héroe local.No tenía familia, hermanos hijos, nietos o esposa. Era un señor mayor. No era del pueblo, ni siquiera del país. Había llegado a la ciudad por mar, según él, venía de la cárcel de Cayena. Nunca aclaró si liberado o escapado. Para nosotros, sus admiradores, era más romántico pensar y contar que su héroe francés había escapado.Fue combatiente en la segunda guerra, lo atestigua con una cicatriz amplia y profunda en su brazo derecho.Se dedicaba a hacer colchones de “barba de coco” cubiertos de una capa de algodón; quizás la aspiración de partículas de esas fibras le provocó una tos persistente y ruidosa.Su soledad era más vistosa el 24 o 31 de diciembre cuando en las casas de la cua...
Resiliencia, por Getulio Bastardo
234b, Getulio Bastardo

Resiliencia, por Getulio Bastardo

Caminaba sobre aquel piso duro y salado. Los pies ya no sentían el ardor quemante del suelo caliente: se había acostumbrado tanto a esa aspereza que la consideraba parte natural del mundo, igual que la sal que se le colaba entre los dedos a pesar del calzado de hilo tejido sobre goma reciclada que usaba. Para ir a la escuela tenía que atravesar toda la sabana seca, árida, caliente y salada. Tampoco el sol le quemaba ya. Parecía que su espalda ligeramente encorvada, repelía los rayos incandescentes. Y aun así, no tenía prisa. Su andar era lento, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada fija en el suelo, como si buscara algo perdido; o, más bien, como si buscara aquello que nunca se le perdió. No tenía edad para cargar con una espalda doblada, de modo que no podía achacar...
Caminante,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 233c

Caminante,
por Getulio Bastardo

Así pasaron los días, los meses, los años. Nunca se sabía hacia dónde iba, pero iba... y volvía, no solo de día, sino también en la oscuridad de la noche. Se ausentaba por temporadas, regresando siempre por las mismas rutas ya conocidas. A veces se detenía al borde del camino y hablaba. Daba un discurso sin audiencia, tal vez dirigido a sí mismo. Otras veces oteaba el horizonte, pasaba horas con la mano sobre los ojos, protegiéndose del sol mientras miraba a lo lejos. Su mirada era distante, perdida, ajena al mundo y sus gentes. Nadie sabía a quién buscaba, ni qué. Nunca se le vio reír ni llorar. Nadie supo jamás de dónde venía ni hacia dónde se dirigía. Pasaron días, quizás meses sin que se lo viera, y entonces la gente empezó a preguntarse: "¿Qué habrá sido del caminante?" ¿Lo ext...
¿Paranoia o estigma?, <br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 230c

¿Paranoia o estigma?,
por Getulio Bastardo

Hace algún tiempo, un vecino se me acercó en la entrada del edificio donde vivimos y, casi sin saludarme, me tomó del brazo y literalmente me arrastró hacia el salón de reuniones. Me hizo entrar y, una vez que ambos estuvimos dentro, cerró la puerta con llave, no sin antes asegurarse de que nadie nos hubiera visto entrar. Ya sentados, muy cerca uno del otro, comenzó su discurso pidiéndome absoluta confidencialidad sobre lo que iba a contarme. A esas alturas, mi curiosidad estaba en su punto máximo. Entonces comenzó su relato: —Acabo de llegar de cuidados intensivos en una clínica donde estuvo mi hija de 16 años. Estuvo hospitalizada tres días por fuertes palpitaciones y ahogos. Esta es la tercera clínica a la que la he llevado, y ya ha sido evaluada por varios especialistas. Le...