El gran miedo, por José Manuel Peláez
En mi opinión, Angélica se merecía alivio y paz. La muerte de sus padres ocurrida hacía cinco años había desembocado en una guerra entre ella, quien siempre los había cuidado, y sus hermanos que apenas les llamaban dos veces al año. Las disposiciones testamentarias daban cabal cuenta de las diferencias de reconocimiento de los viejos hacia sus hijos y, por supuesto, los hermanos de Angélica desplegaron escuadrones de abogados para impugnar los beneficios con los que sus padres premiaban a la hija abnegada.
Cuando Angélica me llamó para decirme que, por fin las instancias de apelación habían finalizado y que, por primera vez en cinco años, podía salir a la calle a “hacer vida” y no a envenenarse y envenenar, quedé con ella para celebrarlo.
Nos encontramos en un abrazo más fuerte y pro...

