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José Manuel Peláez

El último romántico, por José Manuel Peláez
77b, José Manuel Peláez

El último romántico, por José Manuel Peláez

Fue inesperado.  Por mucho que yo creyera que mi relación con Manolo se parecía a una buena amistad, tocar el timbre de mi casa a las diez de la noche no entraba dentro de los parámetros predecibles en alguien que, sin duda, no me tiene tanta confianza.Apenas abrí la puerta, esgrimió un pequeño libro como si se tratara de la pancarta triunfalista que agita uno de los fanáticos del partido ganador una noche de elecciones.  Sin mediar palabra, puso el libro en mis manos, cerró la puerta y se puso a buscar con qué brindar.  Se trataba de una vieja edición de “Verano” de Albert Camus, una de sus primeras obras. Entre brindis, Manolo y yo tejimos un contrapunto de elogios hacia Camus por quien ambos sentíamos la dosis exacta de admiración y envidia que recomiendan los cánones. Salió a la luz su...
¿Y si Scherezade…?, por José Manuel Peláez
69c, José Manuel Peláez

¿Y si Scherezade…?, por José Manuel Peláez

Manolo me invitó a su casa para probar su receta de calabacines rellenos con shitakes. Lo primero que hizo al llegar fue pedirme que no le molestara mientras rellenaba los calabacines porque esa labor exigía concentración. Entonces hice lo que hago siempre: reviso la biblioteca. Creo que conociendo lo que alguien lee conozco mejor a esa persona. Pero, claro, Manolo no es un hombre de reglas.La biblioteca de Manolo es tan variada como son sus preocupaciones y al lado del “Tratado de Tordesillas” se podía encontrar “La Montaña Mágica” de Mann. En un lugar destacado me topé con un grueso volumen de  “Las Mil y una noches”. Me aseguré de que Manolo no me viera y lo abrí. Estaba plagado de anotaciones al margen: notas, preguntas, conclusiones y hasta chistes. Hubiera querido seguir husmeando, p...
La majestad del silencio, por José Manuel Peláez
65a, José Manuel Peláez

La majestad del silencio, por José Manuel Peláez

Me crucé con Manolo y, por supuesto, no me distinguió pendiente como estaba de sus cosas. Iba a dejarlo pasar cuando reparé en la corbata negra y la anacrónica banda azabache en su brazo izquierdo. Me dije que los duelos merecen un mínimo de respeto y le detuve para solidarizarme con su pérdida, pero cuando supe que su duelo era por la muerte de Isabel II de Inglaterra, tuve la certeza de que me adentraba en terreno Manolo donde nada es lo que parece.Tratando de ser lo más diplomático posible, le conté mi sorpresa porque le creía un firme antimonárquico. Manolo me miró decidiendo si me perdonaba la vida o gastaba algún tiempo en tratar de sanar mi imbecilidad crónica. Me habló marcando suavemente las sílabas: “Los antialgo son lo que no tienen ninguna idea y necesitan parasitar las de otro...
¡Estás en el limbo!, por José Manuel Peláez
61a, José Manuel Peláez

¡Estás en el limbo!, por José Manuel Peláez

Cuando mi madre se desesperaba porque yo no le entendía las reglas de la división o por qué había unas mujeres que parecían haberse tragado un globo a pesar de haberlas conocido muy delgadas, siempre remataba la estéril discusión con la misma frase: “Lo que pasa es que ¡estás en el Limbo!”.Imposible expresar mi inutilidad por comprender lo que aquello significaba y, desde luego, la idea de preguntárselo a mamá en esos momentos era una idea, más que peregrina, peligrosa.Con el tiempo y las clases de religión pude comprender que “¡Estás en el limbo!” era una forma coloquial de decir que estás fuera de la realidad, ajeno a lo que te rodea, en una especie de burbuja solo habitada por ti que ni siquiera se puede dirigir. Claro que esa acepción provenía del concepto religioso de “limbo” que era ...
La primera persona vital, por José Manuel Peláez
52c, José Manuel Peláez

La primera persona vital, por José Manuel Peláez

Dudé en contestar, pero al final pudo más la lealtad que el temor y, a pesar de que la pantalla del móvil anunciaba el peligroso nombre de “Manolo”, respondí con un saludo tan efusivo como falso. Por supuesto que a Manolo eso no le interesa; cuando tiene un objetivo parece un misil de última generación capaz de acertarle a la abeja reina de una colmena desde 10.000 kilómetros y esa tarde su objetivo era contarme lo que había pensado y que, por supuesto, era esencial que yo conociera antes de seguir respirando sin sentido.Yo tenía listo el café para mantenerme despierto mientras trataba de terminar el Ulysses de Joyce porque estaba harto de aparentar que lo había leído. Paradójicamente, este sincerar mi incultura respondía, en parte, a la última conversación con Manolo, que me había dejado ...
El arte de parecer, por José Manuel Peláez
49a, José Manuel Peláez

El arte de parecer, por José Manuel Peláez

  “Ser es un riesgo… parecer es un arte” me repite innumerables veces Manolo, ese amigo filósofo que todos tenemos y que nos acompaña como aquellos portadores de la corona de laurel que, al lado de los héroes a su entrada triunfal en Roma, le musitaban al oído lo baladí de la gloria y lo conveniente de guardarse la soberbia en el bolsillo de atrás. No importa el tema del que estemos hablando, tarde o temprano Manolo aterriza en su insistente alarma ante un mundo que ha elegido el “parecer” por encima del “ser”. Yo le comprendo y simpatizo con él, pero no logro angustiarme con la intensidad que él espera. Seguramente yo he decidido dar otras batallas y Manolo sigue empeñado en una que yo di por perdida. Sé que vivimos una época en la que las apariencias han sustituido a la verdad. No ...
Inquietante papiroflexia , por José Manuel Peláez
42a, José Manuel Peláez

Inquietante papiroflexia , por José Manuel Peláez

La primera vez que la vi debía tener unos quince años y, aparte de la fresca belleza de la edad, nada era en ella tan llamativo como su sonrisa. Sonreía con la superioridad tranquila de un gato. No solo me sonreía a mí, no se trata de que yo me sintiera halagado por su atención, sonreía a todos mientras doblaba y encajaba los dobleces de un papel amarillo por una cara y rojo por la otra hasta conseguir un cisne polícromo que añadía a su zoo inanimado.Sus padres estaban preocupados por ella y pensaron que yo les podía ayudar a resolver el misterio de lo que le ocurría. Nada le interesaba, ni los estudios, ni las noticias, ni las modas, ni los amigos, sólo quería seguir jugando su juego. Tampoco era una rebelde, al contrario, siempre parecía estar serena y cumplía los encargos que le daban c...
Las cuitas de Sigfrido, por José Manuel Peláez
40a, José Manuel Peláez

Las cuitas de Sigfrido, por José Manuel Peláez

Hay muchas formas de ganarse la vida, Sigfrido eligió una de las más peligrosas: se dedicó a matar dragones. Y estaba muy contento cumpliendo su destino hasta que acabó con Fafner, el dragón que protegía el Oro de los Nibelungos. Sigfrido debería estar exultante porque además de ser rico se convertiría en invencible y eso, tampoco es nada despreciable para un matador de dragones. Y aquí encontramos a Sigfrido, en el nublado bosque en el que acaba de atravesar con su espada a Fafner. La lucha ha terminado y es el momento de un cigarrito, pero Sigfrido no puede fumar, principalmente porque el cigarrillo todavía no se ha inventado, de manera que el único humo que se mezclará con la niebla es el que desprende la caliente sangre del dragón y las dos tristes fumarolas que salen de sus ori...
Mi querido enemigo por José Manuel Peláez
37a, José Manuel Peláez

Mi querido enemigo por José Manuel Peláez

Hace poco se celebró el Día del Amor y la Amistad. No debemos quedarnos atrás y con presteza propongamos que exista el Día Mundial del Enemigo.Creo que la exaltación de la Amistad y, por ende, de los amigos, no necesita de ningún respaldo extra. Pero ¿por qué no reconocer lo que un buen enemigo puede hacer por nosotros?Un buen enemigo cumple muchas funciones: la primera de ellas es que nos moviliza como individuos y como sociedad. Tú estás sentado ahí, en un banco del parque, pensando en lo que vas a hacer con tu vida o en lo que has hecho o en lo que ya nunca podrás hacer y, de pronto, encuentras a tu lado a un señor de aspecto inofensivo que elige sentarse exactamente en ese mismo banco a pesar de que, por lo menos, tres de los bancos a la vista están vacíos. A pesar de su amable sonrisa...
Callar o no callar, that’s the question – José Manuel Peláez
34a, José Manuel Peláez

Callar o no callar, that’s the question – José Manuel Peláez

Hubo un tiempo en que la escuela y la educación eran asuntos sencillos: Estudiabas o no, aprendías o no, y aprobabas o no. Pero la entropía, presente en todos los fenómenos humanos, convirtió a la escuela en un campo minado para todos aquellos que sospechen que lo simple suele ser bueno y no tengan en cuenta que un vago tiene razones de peso para serlo y que, más que un reprobado, merece una palmada de consuelo en el hombro y una medalla al “cero esfuerzo”, no vaya a ser que un trauma o una hernia…En aquellos tiempos, me aprendí de memoria, (horrores de la época), las provincias españolas y sus capitales. Lo hice con tal ahínco, que a mi pobre madre le bastaba pronunciar la primera sílaba para que yo le disparara la respuesta correcta:  Nava… ¡Pamplona!... La Rio… ¡Logroño!... Vizc… ¡Bilba...
Largo, solitario y final – José Manuel Peláez
31a, José Manuel Peláez

Largo, solitario y final – José Manuel Peláez

No podía decirse que fuera un fanático del fútbol ni mucho menos que entendiera una sola palabra de la jerga: “cuatro, cuatro, dos” o “cuatro, tres, tres” o “arrastrar la marca” o “ganarle las espaldas al rival” todo eso era para él como las notas escritas en un pentagrama, un lenguaje oculto.Cada cuatro años, eso sí, se dejaba arrastrar por la marea de los mundiales como una peregrinación a algún lapso sagrado donde sólo se hablaría de selecciones, entrenadores y jugadores, mientras se gritaban expresiones apasionadas contra todos los familiares del imbécil que falló un penalti. Nada más que eso.Se definía del Real Madrid quizás por haber nacido en esa ciudad o porque “Real” le sonaba mejor que “Atlético” o porque el uniforme blanco le parecía más elegante que el de rayas rojas. No había ...
Las ilusiones sacudidas – José Manuel Peláez
28a, José Manuel Peláez

Las ilusiones sacudidas – José Manuel Peláez

La historia pasó hace tanto tiempo que a veces creo haberla inventado por completo. Mi madre y un grupo de amigas organizaron un viaje al Escorial y, por supuesto, los hijos iríamos con ellas por el bien de nuestra cultura. A mí me parecía que el cine hubiera sido más divertido, pero en aquel momento no tenía derecho de palabra porque no entendía nada (lo mismo me pasa hoy con la política) y ahí estaba yo caminando delante del grupo de madres e hijos de madres por uno de los pasillos del palacio y confirmando que el cine habría estado mejor. Hasta que llegué al cruce con otro pasillo y en cuya esquina un hombre enorme, de barba, vestido con ropas extrañas, sostenía con gesto feroz algo que después supe que se llamaba alabarda. Me di cuenta de que mamá no podía ver la amenaza y corrí hac...