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José Manuel Peláez

El Perfejismo,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 252d

El Perfejismo,
por José Manuel Peláez

Olivia es una excompañera de estudios que lo tiene todo menos la satisfacción de tenerlo todo. Era la mejor de la clase, graduada con honores, contratada apenas dejar la Universidad por una reconocida editorial donde, de manera meteórica, pasó de novata a gerente de primera línea, cargo que armoniza con un matrimonio que todos envidian, unos hijos que todos quieren y un futuro que todos se rifarían. Y aún así: “Olivia está triste ¿qué tendrá Olivia?” pensaba yo mientras me dirigía a celebrar sus 35 años. Cuando ella me recibió en el gran salón con un abrazo cariñoso, confirmé que todavía conservaba la mandíbula encajada y los ojos inquietos de siempre, como si temiera algo. Hablé, sonreí, recordé algún chiste no vulgar y seguí espiando a Olivia que no paraba de circular por el salón ...
¿Su majestad?, <br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 251c

¿Su majestad?,
por José Manuel Peláez

Siempre hay quien prefiere enredarse en discusiones cuyo resultado nada va a cambiar a trabajar. Los ves seducirse ante la posibilidad de opinar sobre la Ley de la Gravedad y, frente a eso, considerar insignificante la iniciativa de unos vecinos para organizar un equipo de Primero Auxilios.Manolo y yo tuvimos la mala suerte de encontrarnos en medio del fuego cruzado entre dos vehementes defensores de formas distintas de Gobierno: la Monarquía y la República. El nivel de crispación llevó a que cada uno de los que estábamos tranquilos tomando un café tuviéramos que dar nuestra opinión, sin medias tintas, o Monarquía o República.Mientras yo no dejaba de asombrarme por la exquisita forma de perder el tiempo de todos, los inquisidores llegaron a Manolo.─ ¿Monarquía o República? ─ exigían sin di...
El mejor deseo,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 250d

El mejor deseo,
por José Manuel Peláez

De vez en cuando hago una limpieza “histórica” de mi pequeño apartamento, una limpieza en la que detecto infinidad de cosas que he ido acumulando porque creo que en algún momento las voy a usar. Descubro que ni las he usado, ni las voy a usar y me deshago de ellas, no sin cierta nostalgia, por supuesto. Ayer dediqué mi día libre a la limpieza histórica de este año, aunque en realidad no la hacía desde hacia tres años. Fui metiendo en una bolsa bolígrafos secos, libros ilegibles, corchos de botellas de vino que supuestamente debían recordarme alguna ocasión especial ya olvidada, cintas de video obsoletas, blocks con anotaciones risibles y todo iba muy bien hasta que llegué a la lámpara. La había comprado hace dos años, cuando paseando un domingo con Manolo por un cambalache callejero,...
¡Gran oportunidad!,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 249d

¡Gran oportunidad!,
por José Manuel Peláez

La frase de “hay que sentar cabeza” siempre me ha parecido disonante. Como si quisiera decir que una cabeza sentada piensa mejor que otra en movimiento. La entiendo en el sentido de que en algún momento hay que enfocarse y poner todas nuestras habilidades al servicio de un propósito, pero la frase sigue sin gustarme. Y, aun así, la pensé cuando mi jefe me propuso un trabajo con mejor sueldo, mayores beneficios y condiciones más cómodas. Quizás era el momento de “sentar cabeza”. Lo malo es que el trabajo era en un lugar ajeno a mí y muy lejos de mis querencias y mi idioma.Tenía dos días para decidir.─ ¡Qué gran oportunidad! ─ clamó Manolo cuando se lo estaba contando.─ Pero si no sabes ningún detalle, Manolo… ¿gran oportunidad de qué?─ De equivocarte.Del discurso con el que continuó Manolo,...
Secretos a la vista, por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 248b

Secretos a la vista, por José Manuel Peláez

Tengo un inquieto sobrino de 9 años que ametralla a mi hermana con preguntas a toda hora y mientras los demás vemos en él a un futuro investigador, ella lo ve como una mosca nacida para molestarla especialmente. Desde por qué el Sol se oculta, hasta quién dibuja los límites de los países, pasando por el por qué los bebés canguro nunca se caen de la bolsa de sus madres cuando éstas saltan, todo es objeto de la mirada curiosa de mi sobrino y de su exigencia de respuestas. Lo llevé al Monasterio del Escorial, el refugio de Felipe II, y en la imponente biblioteca, nos dimos cuenta de que los miles de volúmenes resguardados en las vitrinas estaban colocados con los lomos hacia adentro. No había manera de saber ningún título ni imaginar de lo que hablaban. Durante el camino de regreso estu...
Para cuando… <br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 247c

Para cuando…
por José Manuel Peláez

“Querida mía: para cuando recibas esta seguramente el pequeño Manuel ya habrá nacido y yo no lo habré visto. Nada me ha dolido tanto, pero tú y yo sabemos por qué era necesario…” Manolo leía la carta con voz pausada y cariñosa. Pocas veces lo había sentido tan cálido. Esperé a que terminara la lectura, doblara el papel en sus antiguas marcas y lo guardara en un cajón. Después comenzó a contarme que se trataba de una vieja carta de su abuelo para su abuela cuando en los años 40 él tuvo que emigrar para trabajar y se perdió el nacimiento de su hijo, el padre de Manolo. La habían encontrado en la vieja casona familiar, perdida detrás de unos muebles. ─ Como verás ─ decía mi amigo ─ en mi familia no derrochaban creatividad para buscar nombres. Vengo de una larga lista de Manolos. Sé q...
¡Te llamo!,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 245c

¡Te llamo!,
por José Manuel Peláez

Cada uno de nosotros establece un sistema de lealtades más o menos claras. Lealtades hacia los otros y lealtades que esperamos de los otros. No tengo grandes expectativas ni de los otros ni de mí mismo, pero me gusta pensar que hay un sistema de lealtades. Rigoberto, un compañero de colegio de la adolescencia, con el que aprendí a fumar además de exquisitas técnicas de copia para los exámenes de matemática y que fue el primero en advertirme de lo complejas que son las mujeres, se había reencontrado conmigo hacía dos semanas después de años de alejamiento. Vive y trabaja en un país lejano donde dice haberse encontrado a sí mismo y aunque yo me preguntaba cómo había sido posible irse a perder tan lejos, preferí disfrutar de su compañía y de nuestros recuerdos, además de sellar la promesa ...
Memorias de mañana,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 244c

Memorias de mañana,
por José Manuel Peláez

Hay conversaciones de todo tipo: convenientes, necesarias, inútiles, aburridas o divertidas y muchas más, pero luego están las conversaciones importantes. Esas conversaciones que se convierten en un placer para quienes participan en ellas. Y simplemente se trata de eso, de experimentar un placer. Se sabe que no se va a cambiar el mundo, que la gente seguirá siendo como puede ser y que nosotros mismos no escaparemos de esa Ley, pero sentarse con un conversador virtuoso es como ir a un concierto inolvidable, la música acabará, pero seguirá sonando en nuestras mentes. Le había contado yo a Manolo cómo me había sentido al visitar algunos lugares de mi infancia a los que, por juegos del trabajo o del azar, me tocó reencontrar. Por supuesto caímos en el tema de que cuando eso ocurre, el paso ...
¡Ay… Macarena!,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 243c

¡Ay… Macarena!,
por José Manuel Peláez

No puedo decir de ninguna de las maneras que Macarena sea una mala persona. Otra cosa muy distinta es que yo no la pueda aguantar. Y, a veces, me llamo la atención al respecto porque no me parece correcto huir, esconderse o, mejor aún, evaporarse cada vez que me topo con ella en el pasillo. Al fin y al cabo, yo mismo reconozco que es una buena persona.Pero justamente esa es la razón de mi rechazo. Macarena es demasiado buena, es un melón en su justo punto de sazón al que le agregas azúcar, miel y crema pastelera. Ya decían los griegos que todo exceso es una falla y el exceso de bondad no tiene por qué escapar de esta Ley.Para Macarena no existen las emociones negativas. No se trata de que no las cultive, simplemente no existen. La pérdida de un amor es la puerta para encontrar otro mejor, ...
Don Rafael,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 241c

Don Rafael,
por José Manuel Peláez

─ Hay gente que se apasiona por la Geografía. Yo no lo entiendo, pero es así ─ me decía Manolo, al regreso de su visita anual a Don Rafael ─. Particularmente las definiciones de cabo, península, archipiélago, delta, hoya y vaya usted a saber cuántas más me parecen tan aburridas como una mala película muda.Don Rafael fue uno de los maestros de la infancia de Manolo cuando estos eran casi siempre personas que parecían saber de todo y que lo mismo hablaban de la poesía de Rafael Alberti que de las fuentes de riqueza en Nueva Guinea.─ Siempre nos daba clase de Geografía a la última hora. Cuando estábamos preparados y listos para salir corriendo con el timbre. Pero ahí estaba él, serio como la sombra de un crucifijo y empeñado en repasar los afluentes del Amazonas.Manolo intentaba reproducir un...
Eureka o no eureka,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 239c

Eureka o no eureka,
por José Manuel Peláez

Manolo tiene una nueva manía, aunque él insiste en llamarla “un nuevo interés”. Se trata de situarse en momentos culminantes de la historia y conjeturar acerca de qué hubiera pasado si lo que pasó, no pasó y pasó algo diferente. En otras palabras, jugar con la imaginación y la Historia. ─ Imagínate que tú eres Arquímedes ─ me instaba con ardor juvenil ─ eres un genio y a tus 75 años ya has hecho aportes importantes en Matemáticas y Física que todavía sirven para desarrollar nuevos instrumentos dos mil quinientos años después de este momento. ─ ¿Cuál momento?  ─ Pregunté como un actor que se interesa por el papel que le va a tocar encarnar. ─ Estás en la playa de Siracusa… abstraído. A tu alrededor ruge una guerra y los soldados romanos han tomado tu ciudad…. ─ ¿Y yo peleo contr...
El gran miedo, por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 238a

El gran miedo, por José Manuel Peláez

En mi opinión, Angélica se merecía alivio y paz. La muerte de sus padres ocurrida hacía cinco años había desembocado en una guerra entre ella, quien siempre los había cuidado, y sus hermanos que apenas les llamaban dos veces al año. Las disposiciones testamentarias daban cabal cuenta de las diferencias de reconocimiento de los viejos hacia sus hijos y, por supuesto, los hermanos de Angélica desplegaron escuadrones de abogados para impugnar los beneficios con los que sus padres premiaban a la hija abnegada. Cuando Angélica me llamó para decirme que, por fin las instancias de apelación habían finalizado y que, por primera vez en cinco años, podía salir a la calle a “hacer vida” y no a envenenarse y envenenar, quedé con ella para celebrarlo. Nos encontramos en un abrazo más fuerte y pro...