Derecho a aburrirse, por Áxel Capriles
En mi infancia, mi padre todavía trabajaba seis días a la semana. Los sábados en la tarde lo íbamos a buscar a la oficina y seguíamos directo hacia el litoral central, a una diminuta casa prefabricada sobre un terreno rojizo en Playa Grande. Durante los meses de julio y agosto también se acostumbraba a trabajar, así que, a pesar de que las vacaciones escolares duraban casi tres meses, nosotros tan solo nos íbamos de vacaciones unos 15 días. El resto del tiempo permanecíamos en casa y los niños teníamos que resolvernos, inventar cómo pasar el tiempo. Recuerdo que durante uno de esos largos veranos se me ocurrió crear un periódico de la casa en el que recogía todo lo que acontecía en el hogar. Entrevistaba a la cocinera, relataba lo que le había ocurrido al loro o al perro. Luego lo extendí ...

