
Fotograma coloreado del film “Un viaje a la luna” de 1902
Fuente: https://www.smithsonianmag.com
Hasta hace poco el viaje del Hombre a la Luna era motivo de escepticismo. No sé si ustedes, pero yo me acuerdo. Más de uno decía que era mentira y que todo había sido un truco de la televisión.
Con el paso del tiempo, los accidentes, los avances tecnológicos y las imágenes que llegaron después, las de Marte, por ejemplo, la gente ha ido entrando en razón.
A lo que me quiero esta vez es a la cantidad de inventos cuyo origen estuvo justamente en facilitarle la vida a los astronautas, y que de paso heredamos nosotros.
Uno de los regalos que nos llegó de rebote fue nada menos que los satélites de comunicación, gracias a los cuales tenemos Internet, la telefonía celular y uno que yo, desorientada a morir, agradezco con lágrimas en los ojos: el GPS.
Otro legado fueron las cámaras digitales, diseñadas a partir de sensores capaces de captar imágenes del espacio profundo. Fue así como dejamos de ser analógicos de una vez por todas.
Pero no solamente en materia de fotografía. Todas esas imágenes que hoy son comunes en cualquier centro de salud y que dejaron a un lado las radiografías, la tomografía, la resonancia magnética, la mamografía digital y esas cosas, también son producto de la necesidad de mantener un monitoreo lo más exacto posible de los astronautas.
La lista es larga: las tarjetas magnéticas con las que pagamos, las sillas ergonómicas que nos permiten horas frente al computador sin castigar las vértebras, los aislantes térmicos, los lentes antirrayones, la tecnología de punta en filtrado de agua, la comida deshidratada y una que otra cosa que por ahora se me escapa.
Pero tal vez el legado más importante sea otro. Estos viajes nos enseñaron a ver la Tierra desde lejos: pequeñita en medio de una tiniebla inmensa, frágil y con una necesidad enorme de que la cuidemos entre todos, porque después de todo, es la única que tenemos.