
Fuegos artificiales, s/f
https://pixabay.com/
No quiero ser aguafiestas, ni controversial, ni nada por el estilo, pero cada vez que llega diciembre me pasa lo mismo: tengo la sensación de que, apenas lo pisamos, nos volvemos como chiquitos a los que soltaron en el recreo.
Gastamos más dinero del que tenemos, bajamos las cajas de decoración, armamos el arbolito, compramos de más, corremos, nos agitamos. Comemos y bebemos más que nunca, todo como parte de ese mismo impulso infantil y colectivo de exceso, de permiso, de “ahora todo vale”. Es como una especie de locura compartida, una excitación generalizada.
Y luego llega el 31 de diciembre. Los saludos de Año Nuevo. Los deseos. paz y salud, vayan y pasen, pero también prosperidad, dinero, abundancia… como si estuviéramos escribiendo otra vez la carta para el Ratón Pérez, para no pisar callos religiosos. Deseamos cosas que, en el fondo, sabemos que no van a suceder, así como las imaginamos, porque el 1º de enero empiezan a vencer las cuentas, hay que bajar el arbolito y retomar una pila de obligaciones. La fiesta se acaba.
Cuando anoche comenzaron los cohetes, no pude evitar pensar que resulta profundamente conmovedor que un simple cambio de fecha, previamente acordado, sea capaz de generar tanta alegría, tanta expectativa, tanta descarga emocional.
No lo digo desde el desprecio, ni desde la superioridad. Al contrario: me impresiona esa inocencia colectiva, esa capacidad de ilusionarnos. Pero también me pregunto: ¿qué nos pasa como seres humanos que necesitamos, todos los años, ese rato de recreo, de piñata, de suspensión de la realidad?
¿Y qué pasa después, cuando la piñata se rompe y ya no queda nada adentro?
Quizás no sea ingenuidad. Quizás sea una necesidad profunda de pausa, de permiso, de ilusión compartida.
La pregunta, al menos para mí, no es si está bien o mal ese recreo colectivo, sino qué hacemos con nosotros cuando se apagan los cohetes, cuando el calendario avanza y el cuerpo vuelve a la rutina.
Tal vez entonces haya algo dentro de nosotros que valga la pena escuchar.