
Beatrice Hastings, 1915
Fuente: https://www.wikiart.org/
En mi opinión, Angélica se merecía alivio y paz. La muerte de sus padres ocurrida hacía cinco años había desembocado en una guerra entre ella, quien siempre los había cuidado, y sus hermanos que apenas les llamaban dos veces al año. Las disposiciones testamentarias daban cabal cuenta de las diferencias de reconocimiento de los viejos hacia sus hijos y, por supuesto, los hermanos de Angélica desplegaron escuadrones de abogados para impugnar los beneficios con los que sus padres premiaban a la hija abnegada.
Cuando Angélica me llamó para decirme que, por fin las instancias de apelación habían finalizado y que, por primera vez en cinco años, podía salir a la calle a “hacer vida” y no a envenenarse y envenenar, quedé con ella para celebrarlo.
Nos encontramos en un abrazo más fuerte y prolongado de lo normal que acabó cuando la sentí llorar después de yo creer que sus sacudidas eran suaves carcajadas. Le dije que suponía que “lloraba por no reír”. Me quedé esperando una sonrisa acuse de recibo de mi mal chiste.
─ Me da miedo alegrarme ─ me contestó precisa y dolida.
Hay frases que parecen alcanzarnos con banderas de colores y sonido de trompetas. Esta era una de ellas, “me da miedo alegrarme”. La escuché como quien se asoma a un precipicio y rápidamente desanda sus pasos para alejarse del peligro. ¿Cómo puede dar miedo alegrarse?
Pasamos un rato en el que quise ayudarla a estar mejor. Sin embargo, sus palabras, como un hámster encerrado en una noria, no me dejaban tranquilo. Hasta que lo entendí al llegar a mi casa.
Yo sé que los miedos nacen de lo que tememos que nos pueda suceder; de la obscuridad salen monstruos; del futuro, malas noticias; del otro, amenazas. De pronto vi que lo que temía Angélica es que su alegría desapareciera, temía sentirse demasiado bien porque entonces la caída sería peor. Temía que sus hermanos nunca la perdonaran, que sus sobrinos no quisieran saber de ella, que se hubiera equivocado al enfrentarles. Por eso su “triunfo” no terminaba de alegrarla.
Si nos da miedo la alegría es porque sabemos que no puede durar para siempre y no lo aceptamos.
Ya en la madrugada llamé a Angélica y le dije que se empeñara en bailar, cantar, jugar, reír y que dejara de ser infantil para ocuparse en ser solo una niña alegre cuando corresponde serlo.
No sé si me entendió, pero por lo menos escuché su risa y me alegré aun sabiendo que dejaría de reírse.