
Escarcha en Huelgoat, Finisterre, 1903
Fuente: https://www.wikiart.org/
El año comenzó movido, también ruidoso.
Mis compatriotas saben a qué me refiero.
A ello se suma el incesante diálogo interno que genera en la mente la incertidumbre.
Bien dijo Isabel Allende que “…la vida no es más que un gran ruido entre dos silencios insondables”.
En fin, tratando de escapar del estruendo noticioso, como siempre hago, me abrigué bien y salí a caminar en busca de un tesoro.
No me refiero a oro ni diamantes, sino a esa otra riqueza llamada “quietud”.
Así, con abrigo, gorro y bufanda, me sumergí en mi paisaje de serenidad.
En minutos, me sentí desconectada de la realidad, por fin se apagó el parloteo de mi mente.
A mi alrededor, un mundo de cristal.
Literalmente.
Se trata de un fenómeno de esta época que en inglés se conoce como “hoarfrost”, el cual se traduce como: escarcha.
Es un prodigio que sucede cuando el vapor, en las noches húmedas y calmadas, se transforma directamente de gas a hielo, creando sobre las superficies, la delicada textura de una pluma al viento.
Todos los árboles del parque y de la ciudad se cubren de estos diminutos cristales de luz.
A mi espectáculo visual se le sumó el sonido del fluir del río.
En ese momento de total relajación, exhalé muy lentamente y dejé de intentar comprenderlo todo.
Encontré mi momento de sosiego.
Regresé a mi casa y para calentarme, me serví un oportico, resuelta a comenzar mi año con optimismo, sin impaciencias ni prisas.
Quietud, oporto y escarcha.
Creo que encontré mi tesoro.