
Fuente: https://cetvenezuela.wordpress.com/
Es un profundo amor, una nostalgia, un sentido de pertenencia.
En tauromaquia es la tendencia del toro a refugiarse en su lugar seguro ante la lidia. Además, el toro “toma querencia” o se “aquerencia”, cuando presiente su inminente muerte. Cualquier parecido con nosotros los humanos, no es pura coincidencia.
Musicalmente me recuerda aquella bella canción de nuestro Simón Díaz: “Si mi querencia es el monte, y una flor de araguaney, como no quieres que tenga, como no quieres que tenga, tantas ganas de volver…”.
El término surgió en una conversación con una amiga hablando sobre la renuencia de padres o familiares ancianos, a cambiar de residencia, mucho menos de país.
Yo lo entiendo, pues, con los años, todos tendemos a “aquerenciarnos”, esa necesidad de acurrucarnos en terreno conocido, seguro y cálido.
Nuestra querencia.
Quizás algunos la entiendan como un quedarse, otros como un regreso, pero yo diría que ese entrañable lugar nada tiene que ver con la geografía.
Creo que se le atribuye a Marcel Proust, palabras más palabras menos, que, no se extrañan los lugares sino los tiempos.
La vida lo lleva a uno de aquí para allá, cargando cachivaches, apegos y nostalgias. Son una forma de compañía, claro, y no es fácil desprenderse de ellos. Lo que sí es seguro es que los recuerdos, no ocupan espacio y permanecen.
A estas alturas, intentaré encontrar dentro de mí un rincón soleado, una querencia portátil, donde sea que me toque vivir mis años dorados hasta la hora de la partida, esa que no es negociable.
Suena muy poético, pero confieso que, por ahora, en la mitad del invierno, me gustaría hacer la maleta e irme a una playita de verdad y traerme unos cuantos cachivaches más para mi colección de apegos.
Los dejo con un regalo musical, Mi Querencia, interpretada por nuestra María Teresa Chacín.