
Transeúntes en la calle, 1926
Fuente: https://artvee.com/
En días pasados mi sobrina me mandó un video de su hijo dando sus primeros pasos, una hazaña que, aunque no recordamos, todos superamos entre el primer y el segundo año de haber nacido.
Quienes me conocen saben que hace años vivo más de noche que de día, aunque a veces los compromisos impongan otro ritmo. Ayer fue uno de esos días, y eso de levantarse a una hora inusual y encima empinarme un café y salir a la calle, me sumió en una suerte de duermevela ambulante que me disparó pensamientos diríamos que diferentes.
Ver a la gente en la calle, me hizo pensar en la proeza de todos de erguirnos y mantener el equilibrio dobre dos de nuestro cuatro miembros y por si fuera poco ser capaces de locomovernos y además acelerar el paso. Un prodigio del que ciertamente no nos percatamos las más de las veces, a menos que por unas u otras, las rodillas protesten, los zapatos aprieten, esas cosas.
Pero si al caminar vivimos un milagro, calculen ustedes el que viven los cuadrúpedos, quienes, a menos que trabajen en un circo, no necesitan andar en dos patas. Pero, ¿ya pensaron en el trabajo que debe dar coordinar las cuatro extremidades?
Estoy segura de que muchos de nosotros no lo lograríamos.
Lo cierto es que salir en volandas de mi casa con un café por todo capital, me llevó a sensaciones poco conocidas, o mejor, casi olvidadas, no sin cierto alivio, ahora que lo pienso.
Yo tenía un amigo que iba al analista a primera hora del día porque “todavía tenía el inconsciente blandito”.
No sé. Pero en todo caso, a pesar de mis reflexiones matutinas, sigo pensando que por un día vaya y pase, pero sigo prefiriendo mi vida nocturna. A lo Drácula, pues…