
Recuerdos, 1963
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Hay conversaciones de todo tipo: convenientes, necesarias, inútiles, aburridas o divertidas y muchas más, pero luego están las conversaciones importantes. Esas conversaciones que se convierten en un placer para quienes participan en ellas. Y simplemente se trata de eso, de experimentar un placer. Se sabe que no se va a cambiar el mundo, que la gente seguirá siendo como puede ser y que nosotros mismos no escaparemos de esa Ley, pero sentarse con un conversador virtuoso es como ir a un concierto inolvidable, la música acabará, pero seguirá sonando en nuestras mentes.
Le había contado yo a Manolo cómo me había sentido al visitar algunos lugares de mi infancia a los que, por juegos del trabajo o del azar, me tocó reencontrar. Por supuesto caímos en el tema de que cuando eso ocurre, el paso del tiempo ha cambiado tanto a los lugares como a nosotros mismos y que, por mucho que revivamos ciertos momentos, quizás no reencontremos las mismas emociones y que cuando esperábamos encontrar alegría, nos topamos con dolores. Debo haber puesto cara de nostalgia porque mi amigo dio una fuerte palmada delante de mi rostro como intentando despertarme de algún tipo de hechizo.
─ ¡Eh! ─ gritó ─ Eso es estar vivo… no lo lamentes.
Traté de convencerle de que no lo lamentaba, que simplemente había hecho una observación y que, además, estaba totalmente de acuerdo con él porque no todo lo que se recuerda es amable y que, si los dioses en su infinita piedad le habían regalado al hombre el olvido, era por algo. No me lo creyó del todo, pero yo no iba a admitir que mis recuerdos dolorosos me habían afectado.
─ Lo que hay que hacer es preparar las memorias de mañana – me dijo.
Manolo decía que el hoy será el ayer del mañana y que siempre nos olvidamos de eso en vez de utilizarlo para dejar señales en el tiempo. Si en los momentos más oscuros del hoy nos ocupamos de sembrar una luz, si el día en que nos dan una mala noticia nos empeñamos en hacer algo impensable y sorprendente, resultará que mañana, cuando hagas memoria del ayer, recordarás tanto lo bueno como lo malo.
─ Y ese sabor agridulce, amigo mío, seguirá siendo una delicia de tu memoria.