
Mujer y bebé, 1902
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Es una lucha de titanes.
No importa la condición física; al contrario, la debilidad en este caso actúa como una fortaleza.
Se trata de una batalla donde he de poner toda mi atención y mi agudeza mental, a ver si logro la tan ansiada recompensa.
Mi principal arma es la sonrisa. Nada más demoledor para el contrincante que este gesto de complicidad verdadera.
Sin embargo, si el oponente percibe en ella cualquier atisbo de impaciencia, resulta totalmente contraproducente y hay que volver a empezar.
Por supuesto, así mismo sucedió.
Mi segunda estrategia es la música. Las notas graves, en tempo lento y constante casi siempre promueven la serenidad, la relajación y el alivio de la ansiedad.
Pues tampoco funcionó.
Mi adversario se resistía con más energía que nunca, utilizando patadas, cabezazos y hasta pellizcos.
Tuve que disponer de mi tercera arma: movimientos armónicos de brazos y piernas. En otras palabras, bailar.
Después de que mis bíceps quedaron insensibles y mis pantorrillas totalmente destruidas, sucedió el milagro.
Como dos pesadas cortinas, arrastradas por unas pestañas doradas, sus párpados se cerraron en un suspiro.
Sí, el bebé se durmió en mis brazos.
La más dulce sensación de paz se adueñó del mundo entero.
Cuando el bebé duerme se alimenta el espíritu en una suerte de saciedad, de alivio, de plenitud, conocida por las madres (y abuelas) desde los inicios de la humanidad.
Se dibujó en mi rostro una deliciosa sonrisa que murmuraba:
¡Misión cumplida!