
La palestra, 1833
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No por el hecho de que uno escribe sobre diversos temas puede o incluso debe opinar sobre todo. Tal vez habrá quien lo haga, pero no es mi caso. En esas oraciones del tipo “no sé mucho sobre ese tema”, yo suelo escribir punto y final. A diferencia de tantos libreopinadores (que no pensadores) que abundan por allí, quienes añaden un “pero creo que…”, sin prestarle atención a la primera parte, es decir, al “yo no sé”.
Si no sabe, calle. Es lo que yo hago, para no hablar de más ni errar. Incluso, hay veces que sé y también hago silencio, por diversas razones que dependen de la circunstancia. Sobre todo tengo la costumbre de callar cuando todo el mundo está hablando del mismo tema.
Y es que si mi opinión no contribuye para nada, esto es, no voy a añadir algo nuevo, ni voy a cambiar en algo la situación, entonces prefiero ocuparme de otra cosa, y porque soy antitendencia en casi todo.
Además, siento que para nada me expreso, si cada quien está más interesado en decir lo que piensa, antes que escuchar o leer lo que dice otro. A lo sumo, muchas personas se interesan solo por aquellos que piensan como ellos; y si leen lo diferente, es para atacarlo, escarnecerlo o ridiculizarlo, nunca para buscar comprenderlo.
Nunca falta el que quiere azuzarme y me pregunta: “¿tú qué opinas de…?” O más aún: “¿Cómo es posible que no tengas una opinión sobre eso, tú, un hombre tan inteligente, tan leído…?” Me temo que algunas veces sólo me hacen la pregunta para poder expresar ellos a su vez lo que creen. Claro que no caigo en la trampa. Si quieren hablar, hablen. Aunque sospecho que hay muchos no necesitan que les den cuerda.
“Como no quieres opinar, entonces opino yo por ti”, parecen pensar otros. Y opinan por mí y por todos los demás. Es que no pueden refrenar ese innominado e irresistible deseo de decir lo que creen, aun cuando nadie les esté preguntando.
Y no, pues, no sobre todo puede uno salir a hablar, por más libros que haya leído o escrito. No hay quien lo sepa todo o sea experto en todos los temas (sorprendente verdad de Perogrullo, muy ignorada hoy día).
Por supuesto, no estoy censurando a nadie. Todo el mundo tiene derecho de opinar. Y también de equivocarse. Este último es el derecho más ampliamente ejercido por la humanidad, muy de la mano con el primero.