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En la antigüedad las historias de terror eran sobre monstruos monstruosos, enormes, terribles: el kraken, la hidra de Lerna, Polifemo, el mismo Goliat era tan alto como intimidante. El tamaño sí importaba a la hora de infundir miedo.
Posteriormente, y también un poco ahora, el ser humano siguió temiendo a los seres grandes, como el oso, el tigre, el lobo; y a su sonido, y a todo sonido bronco, como el del trueno. Esto lo fue superando conforme desarrollaba armas que le permitían vencer a tales bestias y vencer tal vez los miedos.
Pero, por otra parte, con el correr del tiempo y los avances de la ciencia exploramos lo más pequeño y descubrimos que lo terrible también es lo diminuto y viceversa, y que algo ínfimo e invisible a los ojos puede ser mortal. Un virus, una bacteria, que causan graves enfermedades, son capaces de diezmar poblaciones más rápidamente que un ejército de Ayax o Sigfridos.
Virus y bacterias se convierten en cosas temidas, aunque no las veamos. Y es precisamente por el hecho de que pueden estar en cualquier parte. Las posibilidades de ser atacados por un león, un oso o un tiburón son mínimas, en comparación. Por eso uno comprende a la gente que sufre de germofobia, cosa que nadie hubiera entendido en la antigüedad.
Del mismo modo, las formas de intimidar, infundir temor o de matar, esto es, las armas, se van haciendo pequeñas. Comparado con un cañón o una catapulta, un revólver es una amenaza que puede ocultarse en un bolsillo. Habría sido bastante difícil de hacer esto con la espada del Cid o la lanza del hoplita griego, que llegaba a medir hasta seis metros.
Ahora, la amenaza no siempre tiene que ser manifiesta, sino también latente o potencial. Un dato, una cifra, por pequeña que sea, también es letal en cuanto puede revelar lo terrible. En las películas de espías de los años 60 se mataban por un microchip que podía contener información vital, y era del tamaño de la uña del meñique.
Y cada vez se acentúa esta paradoja según la cual cuanto más pequeño, más terrible. No en balde, la mayor arma de destrucción masiva que ha creado el ser humano tiene que ver también con la cosa más diminuta que haya conocido: la bomba nuclear, cuyo inmenso poder de destrucción es inversamente proporcional al tamaño de lo que lo produce, que es el átomo. Algo casi absurdo, podría pensarse.
Seguiremos en esta escalada, esta ascensión. Ahora la amenaza parece que se vuelve hasta invisible, inasible, abstracta, con esas cosas de la IA, que uno no sabe qué son ni qué traerán. Por lo menos lo que se avizora en las películas no es promisorio. Ya pronto extrañaremos las fieras, que de lejos podían verse y saber lo que eran.