Gente que Cuenta

Primavera,
por Luli Delgado

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Claude Monet,
Primavera en Giverny, 1886
Fuente: https://www.wikiart.org/

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Cuando lean este post, ya por estos lados del mundo habremos empezado oficialmente la primavera, que, como decía Manolito, “agarra y empieza el 21 de marzo”.

Hasta ahí, sin novedad. Pero lo que a mí realmente me impresiona cada año —como si fuera la primera vez— es lo sincronizado del asunto. No sé bien cómo, pero la naturaleza sabe que es hora de cambiar, igualito como sabe cuándo se tienen que caer las hojas de los árboles en otoño. Sin atraso, sin excusas, sin “déjame cinco minutos más”.

Tengo más de veinte años viviendo fuera del trópico y todavía no entiendo cómo es que todo pasa tan cronometrado. ¿Quién lleva ese reloj? ¿Dónde está ese jefe que nadie ve pero todo el mundo obedece? Porque aquí no hay rebeldía: cuando toca, toca.

Y más todavía me cuesta entender que hay que vestirse distinto según la época del año. O sea, planificar la vida alrededor del clima. Eso a mí todavía me parece impresionante.

Terminas revisando el pronóstico antes de salir: que si va a llover, que si hace frío, que si el viento… toda una estrategia. Uno viendo una aplicación, como si fuera a negociar con el día.

 En Caracas uno se asomaba y miraba hacia Petare, (zona oeste de la ciudad) y ya. Si el cerro estaba despejado, salías tranquilo; si estaba encapotado, mejor agarrabas el paraguas. Ese era todo el sistema meteorológico. Bastante eficiente, además.

Nosotros “bajábamos” a la playa todo el año (Caracas queda a mil metros sobre el nivel del mar). Si acaso caían dos aguaceros fuertes a comienzos de octubre y, en diciembre, uno metía un suéter liviano en el carro, por si acaso. Más nada.

El señor de esta casa cuenta que, de su infancia, recuerda haber salido muy temprano al colegio y pisado escarcha en el camino. Escarcha. Yo todavía no sé cómo la gente vivió su niñez así y salió adelante. Si a mí me hubiera pasado algo así —con lo que me ha costado toda la vida levantarme temprano— probablemente me habría quedado pegada en cuarto grado. Fácil.

El frío me parece mucho mejor que el calor, eso sí. Durante los meses de verano cuento los días que faltan para que llegue, como quien espera una visita que sí quiere. Después lo veo regresar, puntual, inevitable… casi como si tuviera personalidad propia.

Menos mal que el verano es una sola vez al año, porque lo que son la primavera y el otoño —esas temporadas que no se comprometen con nada— resultan bastante llevaderas.

Aunque bueno… también tienen lo suyo: uno no sabe si sale con chaqueta, sin chaqueta, con sol o con lluvia. Básicamente, la naturaleza jugando a “hoy vemos”.

Pero igual, no sé. A pesar de todo, hay algo en ese momento exacto en que todo empieza a cambiar que sigue sorprendiendo. Como si el mundo, sin avisar, decidiera moverse… y uno lo único que puede hacer es tratar de alcanzarlo.

Y eso sí… no se crean que a veces no miro hacia la izquierda, así como por pura costumbre, a ver qué dice el cerro.

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Luli Delgado es periodista venezolana, Master en Artes de Cine y Video – por The American University, Washington, DC. Fue Directora Ejecutiva de la Fundación Andrés Mata de El Universal de Caracas, y Gerente del Centro de Documentación de TV Cultura de São Paulo. Es autora de varios libros y crónicas. delgado.luli@gmail.com

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