
El bar de McSorley, 1912
Fuente: https://pt.wikipedia.org/
Antes de la era de Internet y de las redes sociales, las opiniones tenían un territorio acotado: la plaza, la esquina, la mesa gastada de un bar. Allí se reunían los contertulios a ensayar sus verdades, a veces con vehemencia, a veces con furia, pero siempre dentro de un círculo limitado. Las discusiones podían ser ásperas, incluso violentas en palabras, pero morían allí, en ese espacio donde aún era posible reconocer el rostro del otro.
Hoy, en cambio, la palabra se ha vuelto errante y desbordada. Las discusiones ya no pertenecen a nadie y, sin embargo, hieren a todos. Se libran en plazas invisibles y entre desconocidos que se atacan como si se conocieran de toda la vida. La polémica se vuelve personal sin historia compartida, y la opinión —despojada de contexto— se transforma en juicio.
Conviene entonces recordar una verdad antigua: la ignorancia suele ser atrevida. Opina sin saber, acusa sin comprender y sentencia sin escuchar. Si no se conocen las intimidades del vecino, convendría abstenerse de juzgar sus decisiones o de intervenir en sus conflictos. Salvo, claro está, cuando el silencio oculta una falta mayor.
Porque cuando el maltrato ocurre y se mira hacia otro lado, la omisión también tiene nombre: complicidad. Los vecinos que saben, que oyen los gritos, que intuyen el miedo detrás de las paredes y aun así callan, cargan con una responsabilidad que ninguna red social podrá absolver.
Paradójicamente, fue un vecino lejano, de otra cuadra, quien no soportó la normalidad del daño. Fue él quien avisó a las autoridades, quien acompañó el proceso y tendió un hilo de justicia allí donde otros habían levantado muros de indiferencia.
Hoy, los mismos que callaron gritan. Acusan al denunciante, invierten los roles y convierten al agresor en víctima. Usan las redes sociales como tribunal y como arma. Algunos lo hacen por ignorancia, otros por miedo; no faltan quienes defienden al victimario porque de él obtenían beneficios, favores o silencios convenientes.
Tal vez la enseñanza sea simple y dura: no toda intromisión es injusta, y no todo silencio es prudente. Hay momentos en que hablar es un acto de responsabilidad, y callar, una forma de violencia. En tiempos donde la opinión se confunde con verdad, recordar esta diferencia se vuelve un acto urgente de humanidad.