
Tomado de la Crónica iluminada de Mateo París.
Matthew Paris (c. 1200–1259).
Fuente: https://www.historyisnowmagazine.com/
Desde la antigüedad, las sociedades han mostrado una persistente inclinación hacia la figura del rey: una autoridad visible que encarne orden y concentre poder. Cuando se acepta la necesidad de un monarca, surge también una jerarquía que legitima privilegios heredados y estructuras de dominio.
En Gran Bretaña, la monarquía se vincula a la religión: el soberano es jefe de la Iglesia de Inglaterra, fusionando poder político y legitimidad espiritual. Este modelo se sostiene mediante rituales, símbolos y una red de intereses que refuerzan su permanencia.
En la era moderna, incluso la celebridad ha sido absorbida por este sistema. Figuras populares reciben títulos nobiliarios, otorgando legitimidad contemporánea a privilegios antiguos. La institución se adapta para preservar su continuidad.
España ofrece una lección histórica. En 1812, en Cádiz, trescientos reformistas redactaron una constitución que situaba la soberanía en el pueblo y no en el monarca. Prometía sufragio masculino, libertad de prensa y una monarquía con poderes limitados. Fue un hito del constitucionalismo europeo.
Sin embargo, tras la guerra, Fernando VII abolió la constitución, restauró la censura y persiguió a los reformistas. El entusiasmo popular que lo había celebrado reveló una paradoja persistente: la tendencia a abrazar estructuras que limitan la propia libertad.
Hoy, la monarquía británica continúa generando debate. En una sociedad marcada por desigualdades profundas, surge una pregunta central: ¿qué autoridad moral puede reclamar el poder heredado y cuál es, en última instancia, su propósito?