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Siempre hay quien prefiere enredarse en discusiones cuyo resultado nada va a cambiar a trabajar. Los ves seducirse ante la posibilidad de opinar sobre la Ley de la Gravedad y, frente a eso, considerar insignificante la iniciativa de unos vecinos para organizar un equipo de Primero Auxilios.
Manolo y yo tuvimos la mala suerte de encontrarnos en medio del fuego cruzado entre dos vehementes defensores de formas distintas de Gobierno: la Monarquía y la República. El nivel de crispación llevó a que cada uno de los que estábamos tranquilos tomando un café tuviéramos que dar nuestra opinión, sin medias tintas, o Monarquía o República.
Mientras yo no dejaba de asombrarme por la exquisita forma de perder el tiempo de todos, los inquisidores llegaron a Manolo.
─ ¿Monarquía o República? ─ exigían sin dilación.
Manolo dejó pasar unos segundos y, cuando ya los gestos de impaciencia anunciaban nubarrones, contestó con toda tranquilidad.
─ Yo soy un ferviente admirador y cabal seguidor de la majestad.
Por supuesto que la respuesta animó a uno y desencantó al otro. Pero el más sorprendido era yo.
─ Nunca hubiera pensado que eras monárquico ─ le dije cuando se alejaban los interesados.
─ No lo soy… ─ Manolo me hizo un gesto con la mano para detener mi “pero tu…” ─ Admirar y seguir la majestad no es ser monárquico. Es verdad que a los reyes se les suele decir “su majestad”, pero la majestad es una cualidad de algunos seres humanos revestidos de grandeza, autoridad, dignidad y elevación. Han existido reyes miserables y han existido hombres y mujeres que, sin ser reyes, han estado cubiertos de majestad.
Manolo hablaba de cómo también han existido jueces sin Honor, aunque se les llame “honorables” o embajadores sin un mínimo de “excelencia” que supone su cargo o “santidades” no muy santas.
─ Menos títulos y más dedicación honesta es lo que se necesita y eso no tiene que ver con el sistema de gobierno sino con las personas que gobiernan.
─ Y ¿por qué no explicaste tu respuesta antes?… ahora parece que hubieras tomado partido.
─ Porque quien reduce algo tan complicado como gobernar a los hombres a una competencia entre dos puntos de vista solo escuchará lo que quiere escuchar, y no creerá que también tiene la posibilidad de ser su majestad y dejar las pequeñeces.