
Perspectiva aérea cenital del panel este de la imagen, con superposición interpretativa de los grabados principales. El norte se encuentra en la parte inferior de la imagen.
Fuente: https://www.cambridge.org/
Durante años nos acostumbramos a mirar lejos para asombrarnos. Las líneas de Nazca, las piedras de Stonehenge, los petroglifos de Australia. Como si la maravilla siempre estuviera en otra parte. Y, sin embargo, en el sur de Venezuela, a orillas del Orinoco, hay piedras que llevan siglos esperando que alguien las mire con atención y sin complejos.
En los Raudales de Atures, estado Amazonas, se encuentran algunos de los petroglifos más monumentales conocidos. No por acumulación ni por efecto postal, sino por algo mucho más concreto y verificable: figuras grabadas directamente en la roca que alcanzan hasta treinta metros de longitud. No hablamos de trazos sobre la tierra ni de marcas efímeras, sino de incisiones profundas sobre granito, visibles aún después de milenios de sol, lluvia y crecidas. Entre ellas destaca una gran serpiente cornuda que no se muestra de un golpe. Se descubre fragmentada, reaparece con la bajante del río y obliga al observador a recomponerla mentalmente.
Muchos venezolanos han pasado por ahí sin “ver” realmente lo que tenían delante. No por desinterés, sino por escala. Estamos entrenados para reconocer una obra cuando cabe en una pared, no cuando se confunde con el paisaje. Estas piedras no fueron hechas para impresionar en un museo. Su tamaño, su ubicación y su diálogo con el río responden a un pensamiento que integra territorio, agua y tiempo, y exige algo incómodo: detenerse.
Durante siglos se asumió que eran marcas aisladas, curiosidades dispersas. Investigaciones recientes, apoyadas en escaneo digital y levantamientos topográficos de alta precisión, confirmaron que algunas forman composiciones continuas de decenas de metros, concebidas para ser recorridas, no observadas de una sola vez. Comparadas técnicamente, Venezuela no posee el mayor conjunto del mundo, pero sí alberga algunos de los grabados individuales más monumentales registrados a escala global.
Tal vez el problema ha sido siempre el mismo: que estas piedras no gritan, no se iluminan ni venden entradas. Aparecen y desaparecen con el río, exigen tiempo, silencio y una curiosidad que no se conforme con titulares, mientras nos recuerdan que la grandeza a veces solo se revela a quienes saben mirar con calma.