
Imagen generada por Da Vinci AI
Hay días que hacen sospechar que el calendario se quedó sin espacio y decidió hacer un «combo familiar». El martes pasado fue uno de esos. Amanecimos con Carnaval, seguimos con Año Nuevo chino, arrancó el Ramadán y, por si faltaba algo, el sol decidió ponerse un anillo y hacerse el interesante con un eclipse anular. Todo el mismo día.
El Carnaval, siempre tan disciplinado él, despidiéndose con serpentinas, máscaras y el último baile antes de que llegue la ceniza a ponernos cara de «yo no fui». Mientras tanto, en alguna parte del planeta un dragón rojo celebraba el Año Nuevo chino, este año del Caballo de Fuego, que según dicen no viene a trotar sino a galopar. Los entendidos aseguran que es año de cambios súbitos, decisiones audaces y movimientos que no admiten freno. Uno lee eso y mira alrededor, por si oye relinchar algo en la distancia…
Y en otra latitud comenzaba el Ramadán, con esa solemnidad que recuerda que no todo en la vida es comparsa y papelillo.
Pero el eclipse fue el toque maestro. El sol, que ya bastante trabajo tiene iluminando nuestras contradicciones, se hizo minimalista y dejó solo un aro brillante en el cielo. Un aro perfecto al que llamaron «Anillo de Fuego». Astrológicamente, dicen que los eclipses anulares marcan cierres y revelaciones, momentos en que algo se oscurece para que otra cosa, inevitablemente, comience. Imagino a los astrólogos tratando de explicarlo: «Es una señal clarísima». Veremos…
Caballo de Fuego abajo, Anillo de Fuego arriba. Mucho fuego para un solo martes. Demasiada energía concentrada; algo tendrá que ocurrir.
Quizás la lección sea que la humanidad es experta en celebrar, ayunar y asombrarse al mismo tiempo. Somos capaces de ponernos máscara, hacer silencio interior y mirar al cielo con lentes oscuros, todo en una sola jornada. Aceptemos que el mundo es un sitio donde pueden convivir un disfraz de arlequín, un farol rojo, una luna creciente y un telescopio apuntando al cielo, todo al mismo tiempo.
Eso, visto bien, tiene algo profundamente revelador: mientras los caballos arden, los anillos brillan y los calendarios se cruzan, seguimos aquí, intentando entender el misterio… o al menos disfrutar del espectáculo. Y si el universo se atreve a tanto en un solo día, quizá nosotros también podamos atrevernos a algo…