
Fuente: https://www.flickr.com/
El 4 de enero de 1960, un Facel Vega se deshizo contra un árbol en una carretera de Francia. En el asiento del copiloto, con el cuello de la gabardina subido y un billete de tren sin usar en el bolsillo, Albert Camus se despidió de este mundo. Tenía cuarenta y seis años.
Había nacido pobre, en Argelia, hijo de una limpiadora analfabeta y de un padre al que la guerra mató antes de que pudiera recordarlo. Su vida estuvo llena de paradojas: pacifista en principio, combatiente en la Resistencia; amante del teatro y de la fiesta, crítico feroz de la hipocresía social; hombre serio que, en los cafés de París, podía estallar en carcajadas que desconcertaban a todos.
Tenía un lado excéntrico: coleccionaba objetos que parecían no tener sentido y los usaba como recordatorios de la absurdidad de todo. Incómodo ante la fama, aceptó el Nobel de Literatura en 1957, consciente de que incluso los honores más grandes podían convertirse en cadenas doradas. Durante la guerra, escribió editoriales enfrentando a la ocupación nazi con agudeza.
En «El extranjero» nos presentó a Meursault, un hombre que mata a un árabe porque le molesta el sol y que asiste a su propia ejecución indiferente. Luego llegó «La peste», y ahí nos enseñó que la única forma de no ser un canalla es cumplir con el oficio propio, sea médico, periodista o barrendero. Porque frente al mal, la única respuesta es la decencia.
Sorprende saber que antes que Premio Nobel, Camus fue portero de fútbol. Y de los buenos. Lo tuvo que dejar por la tuberculosis y nos dijo: «Lo que más sé sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol». Ahí aprendió que la pelota nunca viene por donde uno espera. Como la vida y la muerte.
Sartre y su tropa lo miraban por encima del hombro. Le tenían envidia porque Camus escribía mejor, gustaba a las chicas más que ellos y, sobre todo, no usaba la filosofía como excusa para el cinismo. Cuando lo llamaron burgués por no querer justificar los gulags, él se limitó a seguir fumando… «Me rebelo, luego somos», escribió. No decía «luego soy», sino «somos». El nosotros por encima del yo. Una lección que hoy, en este siglo de narcisistas y redes, nos vendría bien interiorizar.
Brindemos por él. Por el portero que no pudo parar el último gol del absurdo y que nos dejó dicho que hay que seguir jugando el partido hasta el silbato final.
Caramba, ¡cuánta falta nos hace hoy esa clase de dignidad!