
Grabado en cobre del Turco que muestra el gabinete abierto y los mecanismos internos, tal como se presentaba para convencer a los espectadores de que no había «gato encerrado»”.
Fuente: https://en.wikipedia.org/
Coloreado digital.
Hoy hablamos de inteligencia artificial como si las máquinas capaces de pensar fueran un invento de ahora. Sin embargo, hace más de dos siglos ya había una que dejaba al público con la boca abierta. ¿Sabías eso?
En 1769, el inventor Wolfgang von Kempelen presentó en Austria un extraño artefacto: un muñeco vestido como turco, con turbante, bigote y mirada imperturbable, sentado ante un tablero de ajedrez. Lo llamaron simplemente «El Turco».
El espectáculo era formidable. El muñeco movía las piezas, respondía a las jugadas de sus adversarios e incluso derrotaba a muchos de ellos. El inventor, para que la gente no dudara, abría las puertas de un mueble situado bajo el tablero para mostrar sus engranajes y convencer a los espectadores de que allí no había «gato encerrado». La máquina viajó por Europa y Estados Unidos, asombrando a multitudes. Incluso se cuenta que Napoleón Bonaparte se sentó frente a ella.
En 1836, Edgar Allan Poe publicó un artículo sobre aquella máquina. Observador y aficionado a los enigmas, examinó sus movimientos y sostuvo que detrás de semejante espectáculo tenía que haber intervención humana. No descubrió el secreto, que ya había despertado sospechas y aparecido en publicaciones anteriores, pero contribuyó a alimentar el debate.
Tenía razón: el Turco no pensaba. Dentro del mueble se escondía un jugador de carne y hueso, capaz de mover las piezas mediante un ingenioso mecanismo. El prodigio era, en realidad, un truco extraordinariamente bien montado que se reveló tiempo después.
El Turco terminó destruido en un incendio en 1854, aunque su historia sobrevivió como uno de los engaños más célebres de la época.
Y aquí estamos, dos siglos después, maravillados ante máquinas que escriben, conversan y responden preguntas. La diferencia es que hoy la tecnología sí puede hacer cosas que el pobre Turco solo fingía hacer.
Aunque conviene no olvidar una lección: que algo nos deje boquiabiertos tal vez significa que no sabemos cómo funciona. En ocasiones, detrás de un gran misterio no hay magia ni inteligencia extraordinaria, sino alguien muy hábil escondido en el lugar menos pensado…