
Dos hombres en una mesa
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Cada uno de nosotros establece un sistema de lealtades más o menos claras. Lealtades hacia los otros y lealtades que esperamos de los otros. No tengo grandes expectativas ni de los otros ni de mí mismo, pero me gusta pensar que hay un sistema de lealtades.
Rigoberto, un compañero de colegio de la adolescencia, con el que aprendí a fumar además de exquisitas técnicas de copia para los exámenes de matemática y que fue el primero en advertirme de lo complejas que son las mujeres, se había reencontrado conmigo hacía dos semanas después de años de alejamiento. Vive y trabaja en un país lejano donde dice haberse encontrado a sí mismo y aunque yo me preguntaba cómo había sido posible irse a perder tan lejos, preferí disfrutar de su compañía y de nuestros recuerdos, además de sellar la promesa de un próximo encuentro antes de partir a buscarse de nuevo.
─ ¡Te llamo! ─ fue su despedida.
Después de cuatro semanas y suponiendo que ya no estaba en el país, le dediqué algún que otro pensamiento malsano al viejo amigo que había traicionado nuestra tácita lealtad. Mi molestia no era exagerada, pero sí era suficiente como para que Manolo intuyera que algo ocurría.
Le conté el asunto y, de vuelta, él me contó una historia casi paralela a la mía en la que un amigo se desvaneció en el eco de una promesa incumplida de volverse a encontrar. Manolo se molestó mucho, trató de contactar a su amigo, pero fracasó repetidamente.
─ Y ahí vino mi error ─ confesaba Manolo ─ Estúpidamente taché a mi amigo de la lista de las personas a ser consideradas leales… engaveté el asunto hasta que, por otra vía supe que mi amigo había fallecido súbitamente, como de rayo que diría Miguel Hernández, tres días después de vernos.
Manolo, que no cree en los arrepentimientos, no ha podido perdonarse del todo el haber colocado su “piel de cebolla” y su “sentirme ofendido” por encima de una realidad de piedra que cayó sobre su cabeza.
─ Antes de catalogar a nadie de leal o desleal, es bueno entender que la única lealtad se le debe a la verdad y, a veces, esa tarda en aparecerse por completo.
Pensaba yo en las palabras de Manolo y comencé a limpiarme de malas vibraciones contra Rigoberto, pero en eso, apareció Rigoberto y me confesó que se había olvidado de llamarme entre una cosa y otra.
Gracias a eso pude darle un discurso al olvidadizo amigo recalcando la importancia de su lealtad hacia mí.
Espero que Rigoberto nunca conozca a Manolo.