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“Los libros son espejos:
solo ves en ellos lo que ya llevas dentro”.
Carlos Ruiz Zafón.
Me encanta adentrarme en las librerías de segunda mano, donde se amontonan cientos de libros y avanzar es una proeza. Disfruto recorrerlas a la deriva, como náufrago, dejándome llevar. Uno de esos días, entre infinidad de títulos, olvidados y de otros tiempos, algo me ancló: un ejemplar de Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway. Parecía llevar décadas esperándome.
Era una edición discreta; sin embargo su portada llamó mi atención. Lo tomé por un impulso, ese mismo que te arrastra. Dejé apilados innumerables libros; solo importaba ese: una novela publicada originalmente en 1940.
Mientras recorría sus páginas, una pregunta se abrió paso: ¿por qué seguimos leyendo a los clásicos?
Vivimos inmersos en estímulos diseñados para ser efímeros: un lector decide en menos de tres segundos; la atención en línea apenas supera unos instantes. A ese ritmo, abrir un libro escrito hace siglos parece casi un gesto de rebeldía.
Sin embargo, hay obras que se resisten a ese destino fugaz, y vuelven a ser abiertas una y otra vez. Son los llamados clásicos.
Una luz, o al menos un destello, la encontré en Italo Calvino y su libro Por qué leer los clásicos. En él despliega catorce razones, con una me basta: un clásico nunca termina de decir lo que tiene que decir. No importa cuándo acudas a él, ni cuántas; hay algo que no te ha revelado.
Si Calvino ausculta al libro, Carolina Sanín voltea la mirada hacia quien lo abre. Para Sanín, los clásicos no son reliquias del pasado sino espejos: donde seguimos reconociéndonos.
Aun así, falta una pieza: la elección. Un clásico no es solo lo anterior; es, también, el que tú decides llevar. Puede ser cualquiera, no lo convierte en clásico el consenso o el tiempo, es: el libro que encontramos y decidimos guardar
Quizás lo más insondable sea: el libro es el mismo, pero el lector no. Regresar a un clásico nunca es un regreso; es un primer encuentro con quien nos hemos convertido.
Al final, entre la vorágine de libros, me quedé con Hemingway. Descansa en mi mesa de noche. De vez en cuando levanto la vista, recuerdo aquel momento, rodeado de infinitas posibilidades. Y mientras avanzo por sus páginas —leyéndolo por primera vez, si Calvino me permite— tengo la impresión que ese viejo libro no estaba esperando a un lector cualquiera. Esperaba a este.

Abogado con diplomado en Gobernabilidad y formación en Gestión Administrativa. Se desempeña como asistente administrativo en Valencia, España, con experiencia en gestión pública y privada. Ha desarrollado proyectos de divulgación científica y escribe textos centrados en la ciencia ficción, la filosofía y la experiencia humana. Actualmente se forma en el área de la educación, orientado a la docencia y la reflexión sobre la sociedad contemporánea.
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