Belleza fugaz,
por Juan Carlos Sosa Briceño
Dos veces al año, al atardecer, cientos de personas se reúnen en las calles de Manhattan y miran hacia el oeste. Ocupan las calles y las aceras, levantan sus teléfonos y esperan ansiosos. En una ciudad que vive acelerada, una multitud hace una pausa para contemplar cómo el sol desciende entre los edificios.
El fenómeno se conoce como Manhattanhenge. Durante unos minutos, el Sol queda perfectamente alineado con la cuadrícula de las calles, y parece suspendido al fondo de una larga avenida, enmarcado por los rascacielos. Después desaparece.
Nadie viajaría hasta la ciudad que nunca duerme para contemplar un Sol que permanece eternamente detenido entre los edificios. La belleza del fenómeno depende, en parte, de su brevedad.
Algo semejante ocurre con muchas cosas en nuestro universo, ...









