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El lápiz conforma, junto con un amplio conjunto de objetos, la lista de los útiles escolares. En este sentido, el lápiz es por lo general el signo de la escolaridad, o también el signo del estudiante. Esto no niega la posibilidad de que sea usado por un maestro: el maestro carpintero o el maestro albañil tienen a menudo su lápiz en la oreja, aunque sacan punta con una herramienta, porque el hermano sacapuntas quedó olvidado en el bolso escolar.
En un extremo del lápiz está un pequeño borrador, lo que nos recuerda que también lo escrito puede borrarse. Ahora bien, la diferencia en cuanto a proporción entre el lápiz y el borrador me hacen pensar que quien lo inventó era un optimista; tomando en cuenta que en la realidad son más frecuentes las veces que nos equivocamos que las que acertamos. O tal vez no.
El lápiz, por otro lado, está asociado con la hoja. De este modo, si vemos la imagen de un lápiz acostado, junto a la hoja en blanco, se puede interpretar como falta de ideas, carencia de inventiva o de imaginación (“¿se te agotaron las ideas?”, podría preguntar una agencia de publicidad que usara tal imagen un mensaje). Aunque si el lápiz está perpendicular a la hoja ya rayada, y con cierta inclinación, sugiere el acto de escribir, de dibujar o de crear.
La punta afilada podría ser un arma (y lo fue y lo es: no han sido pocas las heridas ocasionadas, intencionalmente o no, con este instrumento). Un lápiz mordido denota la ansiedad de quien lo usa o lo porta; un lápiz muy corto evidencia que nos hemos esforzado (“hemos estado trabajando por ti”, diría, en este caso, el mensaje publicitario); un lápiz con poco o ningún borrador induce a pensar que quien lo usa tiende a equivocarse con frecuencia. Un lápiz quebrado denota violencia (una campaña de “no al acoso escolar” podría adoptarlo como signo).
La mayoría de los lápices que conocemos son amarillos. Hay varias hipótesis al respecto: una de las primeras marcas de lápices toma su nombre de un diamante; el color se pudo deber a la bandera austrohúngara… Aunque no en todos los países se utiliza el amarillo en los lápices (en Alemania, por ejemplo, son verdes).
Sea como fuere, nuestro entrañable amigo cilíndrico, que nos acompañó en la escuela mientras esperábamos ser grandes, ahora reposa un poco olvidado en un vaso junto a la computadora con la que escribimos. Ya no somos unos niños, corren otros tiempos; pero el lápiz, que es otra forma de tecnología, misteriosamente sobrevive, esperando que la urgencia o la falta de electricidad nos hagan tomar una pequeña nota, acaso útil para escribir después un ensayo como este.