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Se popularizan los videos donde alguien muestra cómo son o se comportan los “latinos”.
Lamentablemente, la mayoría del material muestra comportamientos, frases y bailes sesgados por una visión reducida. Así “aprendemos” cosas que “hacen” los mexicanos o mexicanas, las venezolanas, las catalanas y brasileñas con sus maridos, novios, esposos, hijos o amigos.
Los resultados son descriptivos de subgrupos, no del conjunto y, por supuesto, conducen a errores gruesos que confunden y, en los peores casos, conducen a la discriminación.
No es la primera vez que alguien se asombra de que “no tenga casi acento” de mi país. Porque mi gentilicio venezolano se confunde debido al vocabulario mayoritario en esas redes de unos “jóvenes” —ya no lo son tanto— de cierta época, que son los que suben los videos.
Otros están convencidos de que lo único que nosotros bailamos es tambor, porque fue lo que se vio cuando grabaron las celebraciones de nuestra victoria del Mundial de Béisbol.
Lo cierto es que, aparte de darle nombres distintos a ciertas cosas y hablar más o menos rápido en situaciones de urgencia o en grupos de amigos, la mayor parte del vocabulario castellano de la calle se entiende bien en Latinoamérica, Estados Unidos y España.
Y en los videos de costumbres, más prejuicios: “consejos” para anglosajones y alemanes de cómo “entender” a las latinas —que todas llegan tarde, supuestamente—, y a las latinas fórmulas para conseguir novios árabes o coreanos; cuentos de cómo se malcría a los niños en los países de habla inglesa versus el manual de instrucciones de cubanas o venezolanas.
Reflejan una superficialidad que se tapa con risas y juicios rápidos, a veces tremendamente injustos, de las “redes”.
La solución no es dejarlas de usar. Nunca he sido partidaria de salir corriendo. Son el correo de hoy. Solo creo en participar con nuestra cara real, que a lo mejor no nos dará millones de seguidores, pero ofrecerá una imagen menos mentirosa, más diversa y libre del mundo.