Gente que Cuenta

Merienda,
por Rubén Azócar

 

Sandwich de manteqilla de manpi y mermelada Atril press
“Ese sándwich se convirtió en el premio al esfuerzo, un tente ahí camino a casa y un acto silencioso de amor…”
Fuente: https://stock.adobe.com/

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En mis años en el equipo de natación de la escuela, a medida que las prácticas se hacían más largas e intensas, la salida se corría cada vez más hacia la noche. En mi bella Caracas, sobre todo entre noviembre y febrero, entre las seis y las siete de la tarde el frío se hacía sentir. Uno salía de la piscina helado, tras cuatro horas de nado, con la piel erizada.

Me vestía rápido y, al salir, allí estaba “la lancha”, como llamábamos a la camioneta roja Caprice Classic del 75 que manejaba mi mami. Al entrar, me esperaban un sacudón de pelo, un beso y un termo con Toddy u Ovomaltina caliente. Pero lo más memorable era el sándwich de mantequilla de maní con mermelada. Recuerdo la primera vez que lo probé: la mezcla del maní con la dulzura de la mermelada y el contraste entre lo seco y lo untuoso me atraparon de inmediato.

Ese sándwich se convirtió en el premio al esfuerzo, un tente ahí camino a casa y un acto silencioso de amor. Con el tiempo entendí que aquella mantequilla, en el pasillo de importados del supermercado, era también un pequeño lujo dentro de una economía familiar ajustada.

Años después, viviendo cerca de Boston, el sándwich reapareció de la mano de mi mamá americana, Kathy, y se volvió un puente emocional durante mi primera separación prolongada de mi familia venezolana.

En la terapia intensiva, durante rondas largas y extenuantes, mi mentor Alan Lisbon me enseñó la versión más austera: la “chupeta” de mantequilla de maní. Sin pan ni mermelada, baja en calorías, rápida y funcional. Más adelante, ya liderando rondas de trauma en Boston, retomé el ritual del sándwich para compartir. Con pan cualquiera, mantequilla de maní cualquiera y mermelada cualquiera, mientras se colaba un café Folgers, en la sala del personal de la terapia hacíamos una pausa breve antes de seguir. Entre el equipo estaba KD González, entonces residente y también nadadora, quien aún recuerda esos momentos en medio de días duros, exigentes, pero felices.

Y así entendí que la mantequilla de maní con mermelada no es solo comida. Es memoria. Es disciplina. Es resiliencia. Es conexión. Y, en todas sus formas, es amor.

Ruben Azocar Atril press
Rubén J. Azócar es caraqueño, médico anestesiólogo e intensivista, fanático del béisbol y vive en New Orleans. Escribe desde hace más de un cuarto de siglo. rubenjazocar@gmail.com
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