
Fuente: https://www.imdb.com/
Una vez al mes, algunos compañeros de la universidad nos reunimos por Zoom para conversar de lo humano y lo divino. Una de esas charlas fue con un profesor muy querido, de los que saben de válvulas y ecuaciones, pero que además resulta ser melómano incorregible y conversador fino.
Nos hablaba de los Beatles cuando, como quien no quiere la cosa, nos dijo: «¿Sabían que Amadeus no era el nombre de Mozart?». ¡Casi me atraganto! Así que hice lo que hace hoy cualquier persona: ir a buscar en Internet. Y ya se sabe cómo empiezan esas cosas…
Resulta que el niño prodigio cargaba con una auténtica procesión de nombres. En su partida de bautismo, redactada en latín como mandaba la Iglesia en 1756, figura como Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart. Theophilus es griego: Theos, Dios, y philos, amigo o amante. En alemán, su lengua materna, el equivalente era Gottlieb. En francés, el idioma elegante y diplomático del siglo XVIII, se decía Amadè.
A Wolfgang, dueño de un humor torcido y de un ego considerable, le divertía jugar con esas traducciones. Firmaba como Wolfgang Amadè Mozart y a veces bromeaba con variantes como Adamant (diamante). La versión latina Amadeus se popularizó después de su muerte. A los biógrafos del siglo XIX les sonó más grandiosa, más celestial que Gottlieb, un nombre que evoca más a un carnicero bávaro que a un genio universal.
El golpe definitivo llegó en los años ochenta, con la obra de Peter Shaffer y la película de Miloš Forman. Desde entonces, Amadeus quedó tatuado en la memoria colectiva.
Y las anécdotas continúan: a los cinco años recorría Europa dando conciertos; componía con la naturalidad de quien respira, pero escribía cartas obscenas con entusiasmo juvenil; podía memorizar una obra compleja tras oírla una sola vez, pero era incapaz de administrar su dinero. Reía a carcajadas, odiaba la solemnidad de los nobles y, aun así, vivía de ellos, al borde del naufragio económico, confiando en que el próximo encargo lo salvaría. A veces ocurría. A veces no.
«Amadeus» fue un insolente con peluca, un trabajador feroz disfrazado de niño travieso. Escribió música luminosa mientras lidiaba con deudas, enfermedades y la incomprensión de los serios. Murió joven, pero dejó al mundo silbando melodías que todavía nos persiguen.