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¡Bisextus!, ¡Bisextus! parecen picaduras de insecto, pero no. Se trata del caprichoso calendario o doble “seis” en bisiestos años. Menos mal que el susodicho no añade un tri (trisiesto), pues el asunto no hubiera prosperado. A propósito, instituciones cambian números de identidad si terminan en tres veces seis.
Entre bisextus y bisextus, he visto, se inocula orfandad en los nacidos un 29 de febrero. Los pobres sin cumpleaños apenas estiran una mini tanda de años cumplidos con asombro. De hecho, la duda los persigue: a raspones celebran el 28 de febrero y repudian el mes siguiente como máquina traga-cumpleaños.
Este pasado februno 28, con curiosidad virtual, saludé a huérfanos de cumple. A uno le dije que escribiría en honor a su próximo onomástico, eso intento, Giovanni. Al resto del orfelinato les dejé emoticones, por si acaso.
El asunto serio de estos despojados del calendario, víctimas de un ciclo lunar, es que tienen celebraciones imprecisas, sea por la luna, un parto prematuro, una fecha resbaladiza de la madre… O como creyeron antiguamente: una partera zanjó el nacimiento sin alargarlo a marzo.
Como se cuchichea, los huerfanitos boquiabiertos no celebran décadas: sus diez años no existen territorialmente; sus veinte —rotulados en calendarios— los festejan con mayoría de edad o sin ella; sus treinta pasan incoloros; sus cuarenta (re)flotan vida de celebración agendada; los cincuenta se acuñan en la memoria. Con celebraciones en sombra, esperan los sesenta para almidonarse con agüitas, sonido electro-pop, canciones a capella y cotillón. Los setenta duermen profundamente. Pero eso sí, sí, de llegar a los ochenta estarán con huesitos agridulces degustando un confeti bien trenzado con pastillas para presión alta. ¡Celebren sus 60 calendarios trillones de minutos, por favor!
Bisextus no es un año cualquiera, es la reposición de cumpleaños postergados, incumplidos.