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Hace poco conversaba con un amigo sobre películas viejas y comentábamos algunas de nuestras escenas favoritas.
Creo que mi amigo no quedó muy impresionado con mi selección.
Sí, soy una romántica empedernida.
La primera que vino a mi mente y que todavía me causa escalofríos de pies a cabeza, es la boda de María (Julie Andrews) y el Capitán Von Trapp (Christopher Plummer), en la catedral de Salzburgo, (La Novicia Rebelde).
Para mi amigo, la más memorable se produce en la secuela de Star Wars (El Imperio Contraataca), cuando Darth Vader, la encarnación del mal, le confiesa a Luke Skywalker que es su padre.
Mi segunda opción la protagonizan Jack (Leonardo Di Caprio) y Rose (Kate Winslet) abrazados en la proa del Titanic sin presentir su destino.
Mi amigo recordó a Rocky Balboa (Sylvester Stallone) corriendo por las calles de Philadelphia (Rocky I).
Yo por último traje a colación a Molly (Demi Moore) cuando está frente al torno de alfarero y se presenta el fantasma de su gran amor, Sam (Patrick Swayze) y la abraza (Ghost).
Mi amigo mencionó la escena de la bicicleta en ET, El Extraterrestre.
En fin, cambiamos el tema y terminamos la caminata hablando de comida.
Yo llegué a mi casa y como siempre, me puse a repasar mis propias escenas, las antiguas y las que están en pleno desarrollo.
Y es que ya me encuentro formalmente en lo que en teatro se llamaría Tercer Acto, es decir, ya bien adelantado el arco narrativo o en términos técnicos, lo que se conoce como “acción descendente”, donde los conflictos presentados en los dos primeros actos se resuelven y se establece una nueva normalidad.
En eso estoy, en mi “nueva normalidad” donde las escenas se producen aleatoriamente; una caminata con un buen amigo (aunque discrepemos cinematográficamente), una pluma al viento, o justo en este preciso instante, cuando dos inmensos cisnes más blancos que la nieve, pasaron por mi ventana.
Solo me queda desear que, en su simpleza, mi Tercer Acto sea: el mejor posible.