
Imagen generada por IA
Esa tarde me había quedado con ella, que entonces tenía nueve años.
Su madre nos había dejado en el carro mientras hacía un recado. Hablábamos de cómo le iba en la escuela, cuando pasó un heladero y compramos helados.
El mío “decía” que era de fresa.
Cuando me vio sonreír dudosa, al quitarle el envoltorio y leerlo, me preguntó qué pasaba con el helado y le conté la realidad. La que solo nos dicen las etiquetas.
Entonces, nos pusimos a leerla. Decía: “agua, fresas (15%), azúcar, jarabe de glucosa y fructosa, aromas, acidulante (ácido cítrico), zumo concentrado de zanahoria”. Allí alzó las cejas y gritó “¡Cómo?!”. “Estabilizantes (carragenanos, goma guar), colorante (antocianinas) y trazas de proteína de leche”.
Vio el helado de nuevo como si fuera una cucaracha.
“Es decir, que esto es un helado de zanahoria, ¿No?”, le dije bromeando.
Rápidamente preguntó sobre otras de sus comidas preferidas, como los perros calientes. Según parece, en la etiqueta de su marca predilecta – que buscamos en la red- estaban compuestas de carne “separada mecánicamente de pollo”, mezclada con” gelatina de cerdo”, fécula, “aroma de humo”, extractos de especias, antioxidante ( E-316) y conservador (E-250). Mejor no saber qué significan los números ni de dónde sacan el “aroma de humo”. Los palitos de queso, más de lo mismo: “aceite de nabina, aroma a queso, suero de leche en polvo, sal, queso en polvo, potenciadores del sabor (glutamato monosódico, guanilato e inosinato disódicos), aromas, azúcar, colorante (extracto de pimentón, annato). Puede contener soja”.
“¿Entonces, toda la comida es así?”, preguntó con cara de asco.
Terminamos riéndonos.
Años después, de compras en el supermercado siempre lee las etiquetas y prefiere jugos y helados caseros. Más de una vez le he oído decir que lo que alguien comió o trajo a casa “es una porquería ¿no vieron la lista de ingredientes? “
Conversar seriamente con los niños no es una pérdida de tiempo. Si no, que lo digan las etiquetas…