
Fotografía: Winrood Lee
Fuente: https://www.pexels.com/
Hay experiencias mínimas que, sin anunciarse, abren fisuras en nuestra manera de comprender el mundo.
Estábamos en un parque cuando llegaron las palomas. Habitualmente las reducimos a una molestia: suciedad, ruido, enfermedad. Las pensamos como presencias casi automáticas, piezas menores de un paisaje urbano que no exige ser interrogado. Sin embargo, bastó un gesto —unas migas de pan arrojadas al azar— para que ese supuesto mecanismo comenzara a revelar algo más.
Se acercaban, picoteaban, avanzaban con ese balanceo que parece confirmar nuestra sospecha de repetición sin conciencia. Todo encajaba en la idea cómoda de lo previsible.
Hasta que una se separó.
No fue un movimiento caótico. Hubo una interrupción, una decisión, un desvío. Corrió unos pasos, alzó vuelo, giró con precisión y trazó una trayectoria que la condujo lejos, hacia otra línea de árboles. En ese instante, lo que creía evidente dejó de serlo.
¿Cómo nombrar ese gesto?
En un cerebro mínimo se despliega algo que no es mera reacción. Hay cálculo sin números, orientación sin mapas, elección sin lenguaje. Aquello que tendemos a reservar para nosotros —la facultad de decidir— aparece, silenciosamente, en otra forma de vida.
Tal vez el error no sea subestimar a las palomas, sino sobreestimar nuestra propia singularidad.
Pensar, entonces, deja de ser un privilegio y se revela como una propiedad distribuida, encarnada de modos diversos, ajena a nuestras categorías.
Y quizás lo verdaderamente inquietante no sea que ellas piensen, sino que lo hacen sin necesidad de parecerse en nada a nosotros.

Artista plástico con trabajo en pintura, vitral, fotografía y arte digital, especializado en collage. Profesor de fotografía y arte digital en línea. Interesado en filosofía, literatura y nuevas tecnologías. Investiga las posibilidades de la creación artística asistida por inteligencia artificial, desarrollando proyectos híbridos entre arte y tecnología.