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Tengo días pensando en qué escribir esta semana, tan interesante con todo lo de la misión Artemis II, y entre una divagación y otra caí en cuenta de algo: a todos nos gusta, o al menos nos intriga, lo que es redondo. Monedas, ojos, el sol, relojes… Las cosas que giran y vuelven a empezar nos tranquilizan. Como si el mundo tuviera un orden secreto que, por fortuna, no se rompe.
Quizás por eso, cuando vemos una mancha o una nube, creemos descubrir una cara. No es magia, es la «pareidolia»: un ingenioso atajo del cerebro para encontrar sentido en todo, incluso en lo que claramente no lo tiene. Preferimos pensar que un árbol nos observa, antes que aceptar que simplemente tiene ramas caprichosas. El ser humano, al fin y al cabo, le teme al vacío casi tanto como a la verdad.
Las monedas son redondas desde hace mucho, y no solo por razones prácticas. Son difíciles de falsificar, fáciles de guardar y de acuñar. Pero su forma encierra algo más: evocan el ciclo perpetuo de dar y recibir. Pequeños mundos de metal que han pasado de mano en mano durante siglos. Y cuánto tiempo nos tomó concebir el círculo perfecto: el cero. Los babilonios lo insinuaron, los mayas lo dibujaron, pero fueron los indios quienes comprendieron que el vacío también cuenta. Sin esa idea, no podríamos contar… ni imaginar los satélites que hoy giran sobre nosotros, redondos como monedas.
Hoy el dinero ya no suena en los bolsillos: pagamos con el teléfono. La riqueza no está en nuestras manos: se esconde bajo tierra, en minerales con nombres que parecen salidos de un tratado de alquimia: neodimio, lantano, europio… las llamadas tierras raras. No son raras por escasas, sino por lo difícil que resulta extraerlas. Sin ellas no existirían las pantallas que nos hipnotizan… ni las cámaras capaces de reconocer un rostro donde apenas hay píxeles.
Y así volvemos al principio: la «pareidolia». Seguimos viendo caras en la nada, sentido en el azar, redondez en el vacío. Somos, en esencia, la misma especie que inventó el cero y acuñó monedas.
Quizás por eso el mundo gira. No tanto por las leyes de la física, sino porque necesitamos creer que cada vuelta tiene un propósito… aunque, a veces, no lo tenga.