
La locomotora, 1875
Fuente: https://www.wikiart.org/
Había logrado convencer a Manolo de acompañarme a una conferencia sobre “La pérdida de tiempo en nuestro tiempo” que iba a dar otro amigo mío, nada sospechoso de intelectualismo. A pesar de sus recelos, Manolo me acompañó haciendo el doble chiste de que esperaba que la conferencia no fuera “una pérdida de tiempo” y de que no sabía si “llegaríamos a tiempo” porque era tarde.
Al pasar delante de la vitrina de una librería de libros de oportunidad, un título llamó mi atención. Se trataba de una edición de Seix-Barral del “Teatro del absurdo” de Martin Esslin. Escenas de mi época de teatrero se vinieron a mi memoria en vertiginosa cascada, así como también el inmenso placer que tuve al leer el libro de Esslin por primera vez. Hacía 14 años que lo había perdido inexplicablemente y todavía me dolía.
Manolo se preguntaba qué me pasaba mientras me recordaba que se hacía tarde. Tenía razón y decidí que volvería a esa librería a buscar el libro al día siguiente. Llegamos a tiempo, aunque la verdad no prestaba demasiada atención. Seguía recordando el teatro, el absurdo, a Martin Esslin y a quien era yo mucho tiempo atrás.
— Para ser amigo tuyo, le has hecho muy poco caso — me dijo Manolo al salir del auditorio — y te digo que fue bastante interesante.
Le conté a Manolo lo que me rondaba en la cabeza y prometí llamar a mi amigo para decirle que su conferencia había sido muy interesante. En retribución, Manolo me contó un sueño.
– Yo iba en el Metro y tenía un enorme dolor de cabeza. Entonces se me ocurrió que en la próxima estación me bajaría a buscar una farmacia. Al llegar esa estación el dolor había disminuido y quizás no hacía falta bajarse. Volvieron las punzadas y al llegar a la próxima estación me bajé, pero ya en el andén recordé que la siguiente parada estaba cerca de la farmacia de un conocido mío. Volví a subir al vagón, pero la siguiente estación estaba cerrada por obras, de manera que el metro siguió de largo hasta la otra parada donde no pude bajarme porque había tanta gente que nadie pudo salir.
-¿Y qué pasó en la siguiente? — pregunté.
-Resultó el final del trayecto.
No entendí y Manolo solo me dijo que había comprendido muchas cosas acerca del final del trayecto.
Llegué a la librería esa misma noche cuando ya estaban bajando el cierre. No pude dormir por la satisfacción de recuperar parte de mi pasado y por la preocupación sobre lo del “trayecto final”.