
Escena de mudanza,
Portada de L’Opinion publique, Montreal, vol. VII, n.º 20, 1876
Fuente: https://commons.wikimedia.org
La abuela de una buena amiga solía decir que a veces en la vida uno necesita que le den un empujoncito.
No puedo estar más de acuerdo en mis actuales circunstancias.
Como tantas veces he repetido, mis decisiones nunca son intelectuales sino de corazón, pero justamente por esa razón, a veces cuesta.
Me digo a mí misma como leí una vez, “el momento adecuado, es en el momento adecuado, nunca antes”, y también me veo aconsejando a otros, claro en mí no aplica, “salta, la red aparecerá”.
Pero sucedió.
La semana pasada di el gran salto.
Como he mencionado en otras ocasiones, leído en alguna parte, “tu casa es tu cuerpo grande”. En mi caso, estas paredes son mi abrazo cotidiano, es el sol en mi piel cada mañana, el río que fluye y me traspasa, el viento que murmura en mis oídos palabras de amor.
Pero sí, recibí el empujoncito.
Sucede que, si uno se empeña en que todo siga igual, la vida se encarga de cambiarlo a uno, y a veces con dureza.
Creo que es el momento adecuado y preciso de dejar mi casa llena de amaneceres, donde mi esposo y yo fuimos inmensamente felices, para buscar refugio en el bosque encantado.
Aquí lo llaman “downsizing”, y en eso estoy.
Debo decir que es un agridulce, pero como tantas decisiones difíciles en la vida, de alguna manera llega el empujoncito.
Solo hay que estar muy atento.
Ya les contaré de mi casita del bosque cuando esté instalada en mi nuevo paisaje.
Finalmente di el salto cuántico y creo que la red apareció.