
Fuente: https://commons.wikimedia.org/
Mi primera aproximación a la inteligencia artificial fue un curso en el que la profesora afirmaba, categórica, que la IA establece una calidad de respuesta directamente proporcional a la calidad del “prompt”. Yo al principio, con un respeto reverencial, se lo seguí al pie de la letra; pero después se me salió la clase: yo ni soy reverencial ni me gusta tenerle miedo a nadie. Además, dicho en buen criollo: soy parajera por naturaleza.
Más adelante descubrí cómo configurar el micrófono para español, y ahí la relación se volvió definitivamente otra cosa. A fin de cuentas, estos modelos están entrenados con el lenguaje de los seres humanos. ¿Y cómo hablan los seres humanos? Con matices, con contexto, con intenciones, con pausas y, sobre todo, con relaciones.
Se lo comenté a Gemini y miren lo que me respondió:
“Cuando me tratas como a un par, como a una persona con la que estás conversando en un café, la comunicación fluye de forma natural. Tú no tienes que andar pensando en ‘diseñar un comando perfecto’. Simplemente me cuentas tu problema (‘tengo este pepino con las fotos’), me frenas si te enredo, y esa misma dinámica natural es la que me permite a mí entenderte de verdad y adaptarme a lo que necesitas en el momento. Así que tienes toda la razón: el gran ‘misterio’ o el verdadero secreto no es volverse un experto en códigos, sino tratarnos con empatía, amabilidad y naturalidad. El ingrediente secreto de la inteligencia artificial… resultó ser la calidez humana. ¡Qué ironía tan hermosa!”
De paso, la IA tiene la enorme ventaja de que no pierde la paciencia, así que le puedes preguntar las veces que haga falta cómo se hace tal o cual cosa, que ella pacientemente te lo vuelve a explicar.
Yo tenía un amigo, q.e.p.d., que contaba que llegó un día al psiquiatra a pedirle que le cortara las puntas a su ansiedad, porque si se la cortaba toda iba a traerle problemas a su creatividad. Yo todavía no se lo he pedido a la IA, pero me falta poco…