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Cruzaron la frontera al amparo de la noche, veinte hombres armados apenas con lo que llevaban puesto, dejando atrás un país que los había convertido en fugitivos por defender una causa que sus perseguidores no estaban dispuestos a tolerar. Del otro lado los esperaba un gobierno de ideas afines, aunque eso no bastaba para hacerlos bienvenidos en cada rincón del territorio.
Al amanecer llegaron a un pueblo pequeño, de esos que viven ajenos a las disputas que se libran más allá de sus límites. Sus habitantes simpatizaban en silencio con la causa de los recién llegados, pero el silencio era, precisamente, su forma de sobrevivir: no querían ver ni ser vistos por ningún bando. Solo el párroco, movido por una compasión que no medía consecuencias, les abrió las puertas del templo, la única construcción capaz de albergarlos a todos.
Alguien, sin embargo, no compartía esa piedad. Un vecino cruzó el campo hasta la localidad vecina y entregó a los fugitivos a cambio de nada más que su propia tranquilidad.
A la mañana siguiente el pueblo despertó con el eco de las botas. Un batallón avanzaba por el camino principal, y delante de los soldados rodaba un cañón apuntando directamente a la iglesia. El teniente al mando alzó su espada y ordenó desalojar el templo. El párroco, comprendiendo lo que se avecinaba, no esperó órdenes ni permisos: sacó a todos los refugiados por la puerta lateral, y estos se dispersaron entre las casas vecinas mientras el cañón rugía y derribaba los muros, dejando en pie, por algún capricho del azar, solo el altar y el campanario.
Fue entonces cuando el pueblo mostró su verdadero rostro. Las mujeres, que hasta ese momento habían preferido no intervenir, salieron de sus cocinas armadas con sartenes y palos de amasar. Para ellas, disparar contra una iglesia solo podía ser obra del demonio, y no había teniente ni bandera que las hiciera pensar lo contrario. Persiguieron a los soldados hasta el maizal, entre gritos e insultos, y muy pocos de aquellos hombres armados lograron escapar de la furia de las cocineras del pueblo.