
Marinero (auto retrato), 1911-1912
Fuente: https://www.wikiart.org/
El buque insignia de la Escuela Naval de la República estaba anclado en El Peñón. Zarparía a las 18:00 horas rumbo a otro destino en las costas del país.
Los marinos que habían estado de permiso fueron llegando uno a uno.
René llegó retardado. Tan retardado, que desde el pequeño muelle vio alejarse la embarcación, que ya comenzaba a difuminarse en el horizonte claroscuro.
Conocía de memoria la bitácora del barco y decidió encontrarse con él en el próximo puerto.
Conocía la ruta por tierra. Más de una vez la había transitado en colectivos y, como era un tipo valiente y voluntarioso, emprendió el camino para encontrarse con su cuartel marino.
Llegó hasta la carretera. El tránsito no era mucho y, cada vez que pasaba un automóvil, sacaba el brazo para pedir que se detuviera. Ninguno lo hizo. Y le cogió la noche.
Junto con la noche vinieron los recuerdos de lo que se decía de esa carretera, cuentos de fantasmas y de aparecidos. Sin embargo, siguió su camino.
Ya no se preocupaba por parar automóviles.
Así llegó al primer caserío. Aunque estaba cerca del mar, era un grupo de agricultores que cultivaba piña en la montaña y se apostaban al borde de la carretera para vender sus productos, se estaban retirando.
Al verlo llegar, la gente se extrañó de encontrar a un marinero en tierra, vestido con su traje blanco y con una mochila a la espalda.
Después de saludar, René preguntó si alguien podía llevarlo hasta Marigüitar, donde ya debía estar, o estaría a punto de llegar, su buque.
—Como usted puede ver, marinerito, aquí ninguno de nosotros tiene carro. Y si le prestamos una mula, ¿quién nos la devuelve?
René sonrió y continuó su camino.
Más adelante llegó a una rústica venta de comida. Miró su reloj y se dio cuenta de que la hora de la cena en el barco había pasado y su estómago también se lo recordó. Pidió un plato de pescado frito.
Mientras degustaba su comida, escuchó ruido de motores. Al poco rato vio entrar a dos parejas de jóvenes de su edad, todavía en trajes de baño.
Cada pareja iba en una cuatrimoto. René se acercó, les explicó su situación y les pidió el favor de que lo llevaran al puerto.
Uno de ellos le explicó que no iban hasta el pueblo, que estaban acampando cerca de allí y que, además, ¿dónde iban a montarlo, si ese medio de transporte era solo para dos personas?
Una de las muchachas se burló:
—¿O es que quieres ir en mis piernas?
René también tomó la ocurrencia a broma y se rio. Pero para sus adentros pensó:
«Qué más quisiera yo.»
Los jóvenes se fueron en sus motos de cuatro ruedas y él siguió caminando hacia el próximo caserío.
Continuará…