
Gabinete de arte y curiosidades, 1636
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Mi jefe consideró inaceptable mi “alergia” a la tecnología y se le ocurrió la terapia de enviarme a entrevistar a Viktor Arkamov, un experto en IA para que me hablara de “La Inteligencia de las cosas”. En principio, me pareció una broma de mal gusto y le aclaré al jefe que yo era inteligente sin ser una cosa. El golpe sobre su mesa fue tan fuerte que todavía temblaba camino a la casa del doctor Arkamov.
Viktor Arkamov me tendió la mano y apenas me permitió presentarme porque ya estaba enterado de mi misión; prefirió explícame todo mientras recorríamos su casa inteligente.
Un pletórico Arkamov me asombraba contándome cómo las paredes tenían sensores capaces de controlar temperatura, humedad, luz y sonoridad de cada espacio. Después de un largo recorrido, me sentó en un sillón de aspecto corriente y segundos después la luminosidad bajó, sonó la primera Gymnopedie de Erik Satie y las cortinas se abrieron solas mostrando un jardín impecable. Supe que el sillón tenía detectores que me encontraron tenso y el cerebro de la casa “decidió” que la suave música y la bucólica vista ayudarían a calmarme.
– Ese es el gran tema — se emocionaba mi anfitrión —, ya no solo podemos tener cafeteras programables, sino que podemos hacer que el “cerebro” de la casa determine cuándo encenderlas de acuerdo con tu agenda o con lo que tú ni siquiera recuerdas — Viktor hizo un gesto de abarcarlo todo — esta casa cuida tu jardín y de ti… y eso es una millonésima parte de lo que puede ser la IA… esa es la Inteligencia de las Cosas.
– ¿Y la Historia de las Cosas? — pregunté después de unos segundos.
Entonces le conté a Arkamov que en mi casa yo tenía las llaves de un apartamento donde una vez fui feliz, un libro de Julio Verne que mi padre me regaló, la mochila que manché con el café del profesor al emocionarme por terminar la carrera y cosas así que al verlas me hacían revivir fugaces buenos momentos. Seguramente mi casa no era muy inteligente, pero tenía sus formas de cuidarme.
Al dirigirnos hacia la salida, Arkamov se detuvo frente a una puerta como debatiendo qué hacer. Le pregunté que había ahí, pero solo siguió su camino y me despidió amablemente. Mientras pensaba lo que iba a escribir, deseé fervientemente que Viktor Arkamov, además de la nevera que le avisa cuando una coliflor ya se pasó, tuviera también un cuarto secreto lleno de Cosas con Historia provenientes del lejano Kirguistán donde había nacido.