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Hubo un tiempo en que navegar por el océano podía convertirse en una pesadilla. Un capitán podía orientarse por el sol y las estrellas, pero determinar la longitud, es decir, su posición al este o al oeste, era un problema de difícil solución. Y en aquel entonces, equivocarse no era precisamente una anécdota graciosa: un error podía llevarlo a encallar o naufragar.
En 1714, el Parlamento británico ofreció hasta 20.000 libras por una solución fiable. Astrónomos y matemáticos se pusieron a hacer cálculos. John Harrison, relojero inglés y autodidacta, pensó que quizá la respuesta estaba en llevar la hora de casa a bordo.
La idea era ingeniosa: si el barco conocía la hora exacta de Greenwich y la comparaba con la del lugar donde se encontraba, podía calcular su longitud. Fácil de explicar; dificilísimo de conseguir. En un barco, con balanceos, humedad y cambios de temperatura, un cronómetro tenía todas las excusas para volverse loco.
Harrison se empeñó. Construyó varios instrumentos y, finalmente, uno más compacto, el H4, que parecía un reloj de bolsillo con ínfulas de grandeza. En 1761, su hijo William se embarcó rumbo a Jamaica con el cronómetro. El H4 mantuvo la hora con extraordinaria precisión y permitió calcular la longitud con un error mínimo.
¡Ah! Pero obtener la recompensa no fue tan rápido como acertar la hora. El Consejo exigió nuevas pruebas y Harrison reclamó durante años. Al final, el rey Jorge III apoyó su causa y el Parlamento le concedió una compensación adicional, aunque nunca recibió íntegra la recompensa prometida.
Y hoy domingo, mientras en Europa atrasamos el reloj una hora y disfrutamos de sesenta minutos adicionales, recordemos que Harrison, con paciencia, pasó años intentando que los relojes no perdieran ni un segundo.
Como nos recuerda santa Teresa, cuya festividad celebramos hace unos días: «la paciencia todo lo alcanza»…