
La conversación, (1896)
Fuente: https://www.wikiart.org/
Al leer un título como este, tal vez pensaría el lector en cuál podría ser ese mejor regalo. A ver, imaginemos, dependiendo de nuestro gusto: quizás sea un libro, una bolígrafo caro, una joya, una prenda de vestir, bombones, flores; o algo menos material, es decir, no un objeto sino quizás una invitación a cenar, un viaje o un paseo…
Bueno, sí, todos esos son buenos regalos, y uno los agradece, llegada la ocasión de recibirlos. Pero para mí existe uno que ampliamente supera a estos. Y es que, si yo lo deseo, puedo comprarme ropa, regalarme un libro, invitarme a comer en un buen restaurant, como dice Sinead O´connor en una canción.
Sin embargo, hay algo que yo mismo no me puedo dar: escucharme.
Tengo para mí que este es el mejor regalo, y no hay que esperar alguna ocasión especial para ello. Me refiero a escuchar de verdad, como si lo que estuviéramos diciendo fuera la cosa la mar de interesante, como si fuéramos alguien que estuviera dando una charla o, mejor aún, como si te importara lo que digo.
Y si me interrumpes, que sea para hacerme preguntas acerca de lo que te he contado, para que te dé más detalles, y no solo para contarme tú algo más. Porque entonces parecería que nada más estabas esperando que me callara, para tener tu turno de hablar.
Ahora, ese escuchar de verdad, solo te lo puede brindar quien te aprecia y quien te valora, sabiendo que le estás dando algo de ti, muy personal, muy íntimo acaso: tu historia, tus recuerdos, tu forma de ver el mundo.
Es tan valioso, que la gente paga para que la escuchen. No me refiero solo a ir al psicoanalista, sino que hasta hay unas nuevas profesiones, esos trabajos emergentes de la nueva era, que reflejan cuán importante y necesario es ser escuchado, y cuán poco lo obtenemos.
Eso sí, para que la justicia reine en este mundo y nadie saque provecho, el que quiera recibir tal regalo, debe a su vez escuchar. Porque si no lo hace, si monopoliza el derecho de palabra y le roba a otros el turno de hablar, se arriesga a que la próxima nadie quiera escucharlo.
Entonces, siembra oídos y recogerás oyentes. Esta es la máxima. Deberíamos aplicarla en nuestra cotidianidad. Tal vez hasta sería bueno tener un relojito de esos que usan el ajedrez y programarnos: diez minutos yo, ahora tú, ahora yo…
Bueno, hasta la próxima. Es mi turno de callar.