
Beso, 1913
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Hay en la boca una misteriosa y perfecta geografía donde conviven la razón y el abismo. Es en ese pequeño territorio carnoso y húmedo donde las ideas toman forma de aire, donde las vocales se afinan como cuerdas de un violín invisible y donde las palabras cobran la fuerza suficiente para construir un puente o cavar una distancia. Pero a veces, la palabra se sabe cansada, o acaso insuficiente para nombrar la marejada que se lleva por dentro. Es entonces cuando los labios deciden olvidar la gramática y entregarse a una forma más antigua y despiadada de la verdad.
Un beso en la boca es, en el fondo, un acto de veneración al mismo altar desde el que invocamos el mundo. Es la inteligencia del cuerpo haciendo una tregua con el pensamiento. Cuando dos bocas se buscan y se encajan, no están haciendo otra cosa que rendirle honores al manantial de donde brotan los discursos, las promesas, los reproches y los consuelos. La lengua, que habitualmente se adiestra para moldear consonantes y sostener argumentos impecables, se despoja de su armadura de sintaxis para volverse pura intuición, un remo suave que navega en la tibieza del otro sin necesidad de diccionarios.
Sorprende pensar que sea el mismo espacio físico: la misma piel sensible que pronuncia un «siempre» o un «jamás» es la que se pliega para recibir el aliento ajeno. El beso no desmiente a la palabra; la completa, la absuelve, la vuelve carne. Es el lenguaje desnudándose de sus vestidos lógicos para regresar a su estado más primigenio y salvaje. En la pausa callada de un beso profundo, la boca recuerda que antes de ser el megáfono de la mente, fue el refugio del alma, la primera frontera por donde el ser humano decide dejar entrar al universo o quedarse, para siempre, a solas con su silencio.