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Soledad Morillo

El refugio tibio, por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 275a

El refugio tibio, por Soledad Morillo Belloso

Dicen los insensatos que la vejez es una emboscada, un golpe seco. Mentira. La vejez llega despacito, suave, como una marea dulce que te va envolviendo el cuerpo y te invita a apurar el paso hacia adentro, allí donde el fuego del alma siempre estuvo prendido. «Mia vecchiaia ti ho preparato un nido di cose calde di lana e di ricordi...» Escucho a Mina —esa mujer colosal, libre— cantar a sus años maduros y se me aprieta el pecho de pura emoción. No le canta a la vejez con la limosna de la pena. Le canta como quien abre las puertas de un refugio bendito, amueblado con la más fina de las ternuras. En su voz hay una pasión desbordada por la propia existencia, alimentada del pan bueno de la memoria y del calor de las nostalgias amables. «...e quando il vento soffia tu sorridi a quella g...
Los detalles, por Soledad Morillo Belloso
274b, Soledad Morillo

Los detalles, por Soledad Morillo Belloso

Se suele decir que “el diablo está en los detalles”. La frase suena a advertencia antigua, de esas que se murmuran en las cocinas mientras se desgrana el día y se suspira porque las cosas que deseábamos no salieron como esperábamos. Y sí, en lo pequeño se esconden las trampas: la palabra que se desliza con veneno, la mirada que se desvía un milímetro y deja ver la grieta, el gesto que parece inocente pero abre la puerta a la sombra. El diablo trabaja ahí, en lo microscópico, donde pocos miran, donde un descuido basta para torcer el rumbo. Pero casi nunca se dice lo otro, lo que equilibra la balanza: Dios también está en los detalles. En la precisión que endereza, en la pausa que ordena, en la exactitud que sostiene. Dios se instala en lo mínimo, en lo que no presume, en lo que parece...
La oveja y el gato, por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 272a

La oveja y el gato, por Soledad Morillo Belloso

La oveja era blanca como mentira recién lavada, de esas que todavía huelen a jabón e inocencia. Su lana recién peinada por el viento. Caminaba con ese paso corto de los seres que nunca han visto el mundo en su verdadera forma. Sus ojos, dos pozos mansos, miraban con la inocencia de quien cree que la vida no muerde. El gato era gris como la sospecha, con el lomo marcado por noches largas y silencios que no se cuentan. Desde el tejado donde se instalaba como rey sin reino, observaba a la oveja con curiosidad y resignación. Sus ojos, dos brasas apagadas, parecían saber cosas que nadie le había dicho pero que él había aprendido a fuerza de sobrevivir. La oveja repetía que el mundo era recto, que bastaba con avanzar sin mirar a los lados, sin desconfiar. El gato estiraba el cuerpo, arquea...
Las soledades, <br/> por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 260d

Las soledades,
por Soledad Morillo Belloso

Hay muchos tipos de soledades, y cada una tiene su manera particular de morder. Algunas llegan como un perro callejero que se mete en casa sin pedir permiso; otras entran acicaladas, con guantes de seda, casi amables, casi necesarias. La soledad no es una: es un archipiélago entero, un mapa lleno de islotes donde uno encalla sin darse cuenta o donde, a veces, decide quedarse a mirar el horizonte sin testigos. Hay una soledad que es ruido: la que se siente en medio de la gente, cuando las voces ajenas pasan como viento y no rozan nada. Esa soledad es un apagón interno: afuera todo brilla, pero adentro no prende ni un fósforo. Y está la otra, la que uno busca como quien se quita los zapatos después de un día largo. Esa soledad tibia, doméstica, que huele a café recién colado y a página en...
¿Por qué escribo?,<br/> por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 255c

¿Por qué escribo?,
por Soledad Morillo Belloso

Escribo porque hay cosas que no saben quedarse quietas dentro de mí. Las palabras, cuando no encuentran salida, se convierten en presión, en un ruido persistente que exige ser nombrado. Escribo porque callar me resulta más agotador que enfrentar la página en blanco, porque el silencio prolongado termina siendo una forma de desorden interior. Para mí, escribir no es un pasatiempo ni un gesto opcional, sino una necesidad profunda, casi corporal, una manera de respirar cuando el aire escasea. Escribo para entenderme. No siempre sé quién soy cuando empiezo un texto, pero a menudo lo descubro al terminarlo. La escritura funciona como un espejo honesto: no devuelve una imagen complaciente, sino una reveladora, a veces incómoda. En ella aparecen mis miedos, mis contradicciones, mis deseos y ta...
El pecado inútil, por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 253a

El pecado inútil, por Soledad Morillo Belloso

La envidia es el único pecado que, por más que se practique con devoción casi monástica, no rinde dividendos. Ni emociona. Apenas estorba, como un mueble feo heredado por compromiso. Es ese pecado capital que ni para pecado sirve. Uno la mira y no provoca ni cometerla. Es como un aguacate duro: promete, pero no entrega. Es un desperdicio total, como hacer cola para un trámite inútil. La envidia no produce beneficio alguno: ni placer culposo, ni desahogo, ni una anécdota digna de contarse con un café. Nada. Es el único pecado que no deja ni migajas. La lujuria deja historias sabrosas. La gula regala felicidad grasosa. La pereza es un spa espiritual. La ira alivia. La avaricia llena bolsillos, aunque sea de porquerías. La soberbia infla el ego. Pero la envidia… la envidia es un ventila...
Olvidar lo malo,<br/> por Soledad Morillo
Soledad Morillo, 242d

Olvidar lo malo,
por Soledad Morillo

Intento, aunque todavía no lo consigo, apartar de mi mente los recuerdos más amargos de la enfermedad de mi marido. Olvidar es necesario: los malos recuerdos son una pesada bola que nos impide avanzar. Y, sin embargo, dejar atrás lo malo no es negar lo vivido, sino hacer justicia a todo lo bueno que también hubo. Hacemos demasiadas cuentas; solemos privilegiar más los sufrimientos que los placeres, los goces, los logros. Como si el dolor tuviera un megáfono y la alegría hablara en voz baja. Como si lo oscuro se impusiera por pura insistencia, aun cuando la luz haya sido más generosa. Y entonces aparece un idiota —porque eso es— que me dice: “tienes que olvidar a tu marido”. Qué estupidez. No se olvida a quien se amó; no se archiva una vida compartida como si fuera un papel viejo. Lo ...
Sin garantías,<br/> por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 236c

Sin garantías,
por Soledad Morillo Belloso

No las tuvo nunca. La vida no firma contratos ni ofrece reembolsos. Uno vive como quien tantea una pared en la oscuridad, buscando una grieta por donde entre un hilo de luz. A veces la luz entra; otras, llega un olor antiguo, una sombra olvidada, una voz enterrada. Vivir es aceptar que el día puede volverse espejo, cuchillo, refugio o laberinto, y que no controlamos cuál será. La vida es una materia indócil. Se escurre, se contradice, se burla. Uno intenta entenderla y ella cambia de piel, se ríe de nuestras certezas. Vivir implica un acto de modestia: admitir que lo que creemos firme puede desmoronarse con un gesto, que la memoria es caprichosa, que el dolor tiene su calendario y la alegría su idioma. No hay garantías porque la vida no se deja domesticar; apenas se deja acompañar. ...
Cosas sin importancia, por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 232a

Cosas sin importancia, por Soledad Morillo Belloso

La ciudad respira en lo que parece insignificante. No en los monumentos ni en los discursos solemnes, sino en las minucias que se deslizan por las calles como un murmullo constante. El paisaje de vida se dibuja aquí, entre esquinas y plazas, entre pregones y silencios, en la textura invisible de lo cotidiano. El aire huele a maíz tostado que se escapa de un budare, mezclado con el dulzor tibio de las pastelerías y el humo áspero de los autobuses que se detienen con un chirrido metálico. El suelo vibra con el golpeteo de un reguetón que alguien decide compartir y con el arrastre de una caja de cartón que un niño empuja como si fuera un carro improvisado. Las aceras guardan su propio concierto: el repiqueteo de tacones apresurados, el chasquido de una escoba que barre hojas secas, el s...
Arquitectura de vida, por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 226a

Arquitectura de vida, por Soledad Morillo Belloso

Ser feliz es raíz profunda, mezcla de historia y ética. Es saber que, aunque el mundo se tambalee, uno puede reír, cocinar, contar cuentos con nombres imposibles y bailar con los recuerdos. Es como tener béisbol en la sangre sin haber pisado el campo. No depende del clima ni del dólar paralelo. Es vivir con lentitud activa, como quien pela mangos sin apuro y escucha la radio con atención.Estar feliz, en cambio, es aroma de pan caliente: llega, se disfruta y se va, dejando migas y sonrisas sin explicación. Es el instante en que el café está en su punto, el arroz con leche se comparte a cucharadas, alguien dice algo absurdo y todos ríen. Es el relámpago, el gol inesperado, el abrazo sin plan, el chiste que solo entienden los que comparten la sobremesa.No hay que subestimar el estar. A veces,...
Italianos en Venezuela,<br/> por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 224c

Italianos en Venezuela,
por Soledad Morillo Belloso

¡Ah, los italianos! Llegaron con recetas en el bolsillo, fotos de la nonna y una terquedad que ni el calor de La Guaira derritió. No vinieron a probar suerte: vinieron a quedarse, como quien planta albahaca y dice “Aquí me quedo”. Trajeron comida con alma: espagueti con cuentos, pizza que se volvió criolla, pan que huele a domingo y quesos que aquí mezclamos con guayaba y casabe. Porque en Venezuela todo se fusiona, todo se vuelve fiesta. Pero no solo trajeron sabores. Trajeron oficio: manos que sabían hacer zapatos, mosaicos, muebles. Fundaron negocios con nombres de novela: “La Bella Napoli”, “Pastelería Sicilia”. Y sus hijos, ya diciendo “chévere” con acento ítalo-criollo, siguen el legado. Porque el italiano sin proyecto no existe: si no construye, sueña con construir. ...
Españoles en Venezuela,<br/> por Soledad Morillo Belloso
223d, Soledad Morillo

Españoles en Venezuela,
por Soledad Morillo Belloso

 Ah, los españoles… Cuando a mediados del siglo XX  llegaron a Venezuela, no solo trajeron maletas con santos envueltos en periódico y fotos de abuelos serios. Trajeron una forma de estar en el mundo: hablar con zetas, regañar con cariño, cocinar con abundancia y contar historias que cruzan Galicia, Oviedo, Barcelona y terminan en Ciudad Bolívar.Los gallegos montaron panaderías donde el pan sobado se volvió religión. Los asturianos trajeron gaitas, fabada y jolgorio con papelón. Los catalanes, precisión y pastelerías donde el brazo gitano se hizo primo del quesillo. Y todos, refranes que mezclamos con los nuestros: “Más vale arepa en mano que jamón ibérico en vitrina”.Montaron negocios con nombres picarescos: “Ferretería El Gallego”, “Panadería La Ibérica y algo más”, donde se vendía de to...