Las soledades,
por Soledad Morillo Belloso
Hay muchos tipos de soledades, y cada una tiene su manera particular de morder. Algunas llegan como un perro callejero que se mete en casa sin pedir permiso; otras entran acicaladas, con guantes de seda, casi amables, casi necesarias. La soledad no es una: es un archipiélago entero, un mapa lleno de islotes donde uno encalla sin darse cuenta o donde, a veces, decide quedarse a mirar el horizonte sin testigos.
Hay una soledad que es ruido: la que se siente en medio de la gente, cuando las voces ajenas pasan como viento y no rozan nada. Esa soledad es un apagón interno: afuera todo brilla, pero adentro no prende ni un fósforo. Y está la otra, la que uno busca como quien se quita los zapatos después de un día largo. Esa soledad tibia, doméstica, que huele a café recién colado y a página en...












